Viernes, 4 de Septiembre de 2026

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¿Cómo se aprende el oficio cuando la IA acorta el camino?

“Esas tareas no solo producían documentos. También entrenaban la atención, enseñaban a distinguir lo relevante de lo accesorio y ayudaban a comprender las consecuencias de una decisión. Las conversaciones que surgían durante las correcciones, a su vez, permitían conocer el razonamiento que no siempre queda escrito en un informe”.

Pamela Rillón Oportus - 3 Septiembre, 2026

Una abogada joven utiliza una herramienta de inteligencia artificial para revisar cientos de documentos y preparar en pocos minutos un informe. El resultado impresiona. Ordena los antecedentes, identifica normas, propone una respuesta y presenta la información en un formato visualmente atractivo.

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Un colega con más de treinta años de ejercicio lo lee y detecta algo que la herramienta no alcanzó a advertir. La solución jurídicamente correcta puede perjudicar una negociación, tensionar la relación con el cliente y generar un riesgo mayor que el problema original. Hasta ahí, la conclusión parece evidente: la tecnología aporta velocidad y la experiencia, criterio. Pero ese criterio no aparece solo. Se formó haciendo precisamente las tareas que la inteligencia artificial hoy resuelve en minutos.

Durante años, la formación jurídica ocurrió por dos vías complementarias. Una era la práctica cotidiana: revisar expedientes, buscar jurisprudencia, comparar contratos, detectar contradicciones y redactar borradores. La otra era el trabajo junto a profesionales con más experiencia, que corregían, explicaban sus decisiones y mostraban cómo una respuesta podía cambiar al considerar al cliente, la contraparte o el tribunal.

Esas tareas no solo producían documentos. También entrenaban la atención, enseñaban a distinguir lo relevante de lo accesorio y ayudaban a comprender las consecuencias de una decisión. Las conversaciones que surgían durante las correcciones, a su vez, permitían conocer el razonamiento que no siempre queda escrito en un informe.

El viejo refrán “más vale un mal acuerdo que un buen juicio” resume ese tipo de aprendizaje. Un juicio puede extenderse por años, consumir recursos, deteriorar relaciones y producir un desgaste difícil de reparar. Saber cuándo insistir, cuándo negociar y qué salida protege mejor a quienes participan no aparece en ninguna base de datos. Se aprende viendo decidir a otros.

Pero el contexto en el que funcionaban las dos vías de aprendizaje está cambiando con rapidez. La inteligencia artificial ya forma parte del sector jurídico. Según el 2026 AI in Professional Services Report, de Thomson Reuters, el 41% de los estudios jurídicos y el 47% de los departamentos legales corporativos consultados utilizan inteligencia artificial generativa, frente al 28% y 23%, respectivamente, en 2025. En Chile, el propio Colegio de Abogados publicó en julio la Guía sobre Uso de Sistemas de IA por Abogados. Una nota de Pulso de La Tercera muestra, por ejemplo, que los estudios ya están organizándose frente a este cambio. Carey cuenta con un Comité de Inteligencia Artificial y un equipo dedicado a la transformación digital, mientras FerradaNehme tiene una política de uso y un comité de estrategia digital.

La IA ya está cambiando el trabajo, pero no plantea el mismo desafío a quienes llevan años ejerciendo que a quienes recién comienzan. Un abogado experimentado puede advertir matices que ninguna herramienta detecta, pero ese saber pierde fuerza cuando se convierte en un “siempre se ha hecho así”. Si se aferra a procedimientos que hoy pueden realizarse mejor y en menos tiempo, corre el riesgo de quedar en desventaja frente a quienes combinan un buen análisis con mayor rapidez. La obligación de aprender corre para los dos lados.

Para los jóvenes, la situación es otra. No basta con dominar tecnologías que aceleran el trabajo. Necesitan oportunidades para practicar, equivocarse, discutir decisiones y asumir responsabilidades. Si esas oportunidades empiezan a desaparecer del trabajo cotidiano, habrá que crearlas de otra manera.

Algunos estudios internacionales ya están buscando formas más creativas de enfrentar esta situación. Orrick fue una de las seis firmas que participaron en el programa piloto de DepoSim, un simulador desarrollado por AltaClaro y Verbit para practicar la toma de declaraciones en escenarios de litigación. Durante el ejercicio, la herramienta puede asumir el rol de testigo, abogado de la contraparte y encargado del registro. Al finalizar, entrega retroalimentación antes de que el abogado deba enfrentarse a una situación real.

Three Crowns, por su parte, viene trabajando con liftlab de Stanford Law School en nuevas herramientas de formación. De esa colaboración surgió Atelier, un simulador de contrainterrogatorio con inteligencia artificial. El proyecto forma parte de una línea más amplia de simulaciones pensadas para que estudiantes de Derecho y abogados que recién comienzan puedan practicar distintos procesos jurídicos.

Vorys trabaja con el mismo laboratorio en un proyecto que creó “AI personas”, perfiles de inteligencia artificial basados en 19 socios de la firma. Construidos a partir de entrevistas de varias horas, buscan capturar el conocimiento profesional acumulado por esos socios: su forma de ejercer, sus valores y su manera de razonar. Entre otros usos, permiten que los asociados reciban retroalimentación sobre un borrador antes de entregarlo.

Los ejemplos de Orrick, Three Crowns y Vorys muestran que la propia inteligencia artificial puede convertirse en parte de la solución formativa. El punto ya no es preservar un modelo que está cambiando, sino evitar que ese aprendizaje quede librado al azar. Si las firmas están rediseñando su manera de trabajar, también tendrán que rediseñar cómo se aprende el oficio.

 
Pamela Rillón Oportus es periodista y magíster en Estudios Internacionales de la Universidad de Chile. Se desempeña como relatora en habilidades blandas, comunicación efectiva, liderazgo e inteligencia emocional, incorporando la Ley Karin desde una mirada preventiva. Aborda temas vinculados al buen trato, la dignidad, la salud mental y los deberes de cuidado en espacios laborales y formativos.
 

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