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Internacional

Alberto Veloso: “A los 15 dejé de estudiar porque no veía ni lo que yo mismo escribía. Entré al infierno”

De la desesperación por quedarse ciego y abandonar el colegio durante su adolescencia, este abogado de la U. de Chile pasó a ser un alumno universitario aplicado y lleno de recursos. Lo experimentó todo, desde el braille y las grabaciones en cassettes hasta contratar una secretaria que pagaba con los ahorros de sus becas. La evolución del software le permite hoy trabajar en igualdad de condiciones con cualquier otro profesional.

30 Enero, 2019 Comparte en:

ciegos

Josefa Soto

Alberto Veloso tiene 46 años y trabaja en la Tesorería General de la República (TGR). Entró a estudiar Derecho en la Universidad de Chile en 1989 y en 1995 se tituló de abogado.

Sus compañeros lo recuerdan sentado siempre en primera fila, con una grabadora en la mano y luego caminando por los pasillos, con ella al oído.

Veloso sólo ve luces. A los 15 años se enteró que tenía una enfermedad crónica y degenerativa llamada retinosis, que gradualmente le iría quitando la vista. Dice que nunca pensó que iba a poder estudiar una carrera profesional y mucho menos ejercerla.

En entrevista con Idealex.press, cuenta su experiencia como estudiante de Derecho, cuáles fueron sus métodos de estudio y cómo, mediante la tecnología, ha podido desempeñar su profesión.

— ¿Cuál es tu cargo y qué labores realizas?
He tenido distintos cargos en la Tesorería. Primero fui jefe en la sección de cheques protestados. Luego fui abogado encargado de tramitar y fallar lo que se denomina temas de excepción, en calidad de juez tributario y como abogado representante del fisco en tribunales, aquí en la oficina de la Región Metropolitana.
Después ocupé el mismo cargo en la Tesorería Oriente, y más tarde se generó un cambio al interior de este Servicio, que significó reformular el esquema de la cobranza de impuestos. Se formaron las unidades operativas de cobro, y a mí me nombraron jefe de una de estas unidades, donde estuve 10 años, hasta enero de 2018. Hace un año volví a la TGR Metropolitana.

— ¿Cómo perdiste la visión?
Lo que a mí me afecta es una enfermedad de tipo genética que se llama retinosis, también conocida como retinitis pigmentosa. Consiste en que, producto de que los vasos que conducen la sangre al ojo, y en particular al nervio óptico, se obstruyen, la retina muere. Es gradual, va pasando de a poco.

— ¿Cuántos años tenías cuando dejaste de ver?
Mis padres nunca me dijeron nada y yo supongo que ellos sabían, porque mi madre me llevaba al oftalmólogo desde niño y recuerdo que ella se quedaba cuando a mí me hacían salir. Me imagino que en algún minuto le dijeron la verdad: que no tenía vuelta, que no tenía remedio y que me iba a quedar ciego.

Tenía 15 cuando me empecé a dar cuenta de que era grave. Me enteré de una manera muy dura: dejé de estudiar porque no veía la pizarra, ni lo que yo mismo escribía. Entré al infierno y ahí pasé mi adolescencia. Empecé a buscar formas de recuperar la vista, yo creía que tenía solución porque a pesar de que no podía leer ni escribir, todavía algo veía, excepto de noche. Intenté de todo: acupuntura, radio láser, hasta sanación a distancia.

—¿Cuándo te convenciste o asumiste que era un problema crónico?
Un día mi primo me llevó a un médico que le habían prometido que era muy bueno y podía ayudarme. Después de atenderme una hora, el médico me dice muy fríamente: “Bueno joven, lo que yo le puedo recetar a usted, es un bastón, porque de aquí a un año usted se va a quedar ciego”. Nunca más volví a un oftalmólogo. Se me vino el mundo abajo porque pensé que no iba a poder estudiar y ese siempre había sido mi sueño, mi pasión.

— Pero no fue así, lograste terminar tu carrera…
Sí, pero pasaron dos años en que no quería aceptar que era ciego y no estudié. Un día, por ahí por 1985, decidí que no podía seguir así, que tenía que asumir mi condición. Aprendí a leer y escribir en braille en una escuela para ciegos; fui una semana porque no estaba dispuesto a estar más tiempo.

Ahí conocí a mi primera polola. Ella me cambió la vida porque me llevó al Centro de grabaciones para ciegos, que hoy es la Corporación Para Ciegos. Me contó que conocía gente que estudiaba sin ver, que ya estaban en la universidad, me mostró libros en braille y me volví loco. Me di cuenta de que era posible.

— Entraste a estudiar Derecho en la Universidad de Chile en 1989. ¿Cuál era tu método de estudio?
En primer año usaba el braille. Lo que yo hacía era llevar una grabadora a clases, después me iba al Centro de Grabaciones para Ciegos y me iba ahí toda la tarde, hasta que me echaran, a transcribir cada clase al braille.
A eso de las 9 de la noche llegaba a mi casa y me amanecía transcribiendo; no era práctico ni eficiente. Era mi primer año y la exigencia era mucha, entonces a veces ni dormía.

— No era viable usar el braille…
Claro, era y es un sistema muy engorroso, pero que es muy útil. Se ha usado durante siglos y siglos, hasta que surgió la computación para ciegos. Eso ha ido dejando en una cierta obsolescencia al método para quienes, como yo, trabajan. No podría presentarle un informe a mi jefe en braille, por ejemplo.

— ¿Cambiaste de sistema, entonces?
Sí. En segundo año salí con vida, pero me di cuenta de que tenía que cambiar el método. Durante las vacaciones de ese año decidí que al volver a clases iba sólo a usar las grabaciones en cassette. Tenía dos grabadoras: una para las clases, y otra en la que resumía los contenidos y los dejaba guardados en un cassette.

— Estudiabas dos veces…
Claro, eso generaba un montón de pega, pero me fue muy útil porque una clase de una hora la resumía en 20 minutos. Cuando tenía que estudiar ya no tenía que leer en braille, sino que escuchar mi grabación de 20 minutos. Ese fue el método que terminé usando toda la carrera. Era muy eficiente.

— ¿En qué momento empezaste a usar otras herramientas?
Mientras hacía la práctica, lo primero que usé fue una máquina de escribir que compré con la plata que había ahorrado de las becas que recibía mientras estudiaba. Si bien sabía de dactilografía, no me daba como para hacer escritos con la certeza de que estaban bien redactados, así que contraté una secretaria, con mi dinero.

— ¿Y cómo te las arreglaste para escribir cuando empezaste a trabajar?
También tuve una secretaria, pero que me había asignado la municipalidad de Renca. Después ingresé al Rotary Club de Maipú, me nombraron socio honorario, y me mandaron a hacer un curso de computación a Córdoba.
Aprendí un sistema bastante rudimentario, pero un lujo para la época, que nos permitió a los ciegos acercarnos a la computación. El software se llamaba “Habla”.

— ¿Cómo funcionaba ese software?
Mediante un disquete conectabas el software al computador. Prendías una especie de parlante, le dabas volumen y escribías en el sistema operativo de OS: Habla. El programa te respondía con una voz robótica “Preparado”, y ahí podías escribir y te iba leyendo lo que aparecía en la pantalla. Hacía maravillas, fue como volver a ver.
Con eso yo ya podía trabajar de manera autónoma, hacía mis escritos, y aún no existía la posibilidad de trabajar con Windows ni navegar en internet, pero sí podía hacer mis escritos.

— ¿Qué vino después?
Después vino el programa Jaws, que es el que uso ahora. Me sirve para todo: leo y respondo los correos, organizo las causas, hago mis escritos, redacto mis fallos, las sentencias, los informes que me piden mis jefes, y llevo un control en Excel de las causas. Todos los libros que leo es mediante el software. Dentro de los procesos judiciales civiles es todo virtual…

— Suele decirse que los ciegos, o en general personas con ciertas discapacidades, desarrollan de mejor manera otros sentidos, ¿dirías que es cierto?
En lo que al tacto concierne puede ser a propósito del braille, porque es el modo que tienes de comunicarte por la vía escrita. Pero en mi opinión, eso de que los ciegos desarrollamos más el oído, por ejemplo, en realidad lo usamos más, pero no tenemos más habilidades que otros. Si una persona queda sorda, no creo que vea más, sino que está más alerta, atenta, pero ve lo que es posible ver con el ojo humano. Nada más.

— ¿Alguna vez te has sentido en desventaja laboral por tu discapacidad visual?
Yo creo que los problemas que he enfrentado en mi carrera son los mismos que le tocan a cualquier persona. Y en mi caso considero de lo más natural desafíos y oportunidades. Eso me ha permitido ganarme aquí un puesto y ojalá un prestigio. He tenido la oportunidad de desempeñarme en distintos cargos, he recibido reconocimiento de varios colegas y como en todas partes también, he tenido diferencias con otros.

— ¿Qué ves hoy? ¿luces?
Sí, por ejemplo el foco de arriba lo veo como una cosa amorfa, pero que contrasta con el fondo. Y es lo único que me va quedando. Y si salgo a la calle sé cuándo está de día o de noche. Sólo distingo luz de oscuridad.

— Y eso, emocionalmente, ¿todavía te afecta?
Sabes que no. O sea, claro que sería bonito, justamente por algo emocional, como tú lo planteas. Me gustaría ver a mis hijos por ejemplo. Al mayor, que tiene 21 años, lo pude ver cuando era chiquitito, pero no tengo idea cómo es ahora. Y de los otros dos, que tienen 11 y 13 años, no tengo su imagen en la mente. Sería precioso poder verles la cara, los ojos. Pero sería solo eso. Me acuerdo de cómo sufrí en la adolescencia y si lo comparo con ahora, me doy cuenta que ya no me importa.

 
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