“Hay un mito que nos está costando caro: creer que la IA es eficiencia automática. La IA es un amplificador....
Un centro interdisciplinario de inteligencia artificial: ¿por qué ahora?
“La IA no es únicamente una herramienta: redefine las competencias profesionales. El mercado laboral ya no demanda especialistas puramente técnicos ni profesionales exclusivamente humanistas, sino perfiles híbridos capaces de dialogar entre ambos mundos”.
Diego Palomo Vélez - 17 febrero, 2026
La inteligencia artificial (IA) no es una innovación más dentro del ciclo habitual de avances tecnológicos: está modificando la forma en que producimos conocimiento, tomamos decisiones y organizamos la vida social. En este contexto, las universidades que aspiren a seguir siendo relevantes no pueden limitarse a observar el fenómeno desde la distancia, como si se tratara de una moda pasajera o de un asunto ajeno a su misión.
Diego PalomoLa pregunta ya no es si la universidad debe involucrarse, sino cómo y con qué profundidad. Crear un Centro Interdisciplinario de Inteligencia Artificial constituye hoy una decisión estratégica: permite pasar de la reacción a la conducción, de la adaptación tardía al liderazgo académico.
Pero ese centro no puede ser un laboratorio aislado ni una unidad meramente administrativa creada para cumplir indicadores. Debe concebirse como un núcleo articulador, abierto e integrador, estructurado sobre cuatro pilares: Investigación, Formación, Divulgación y Transferencia. Solo así la universidad podrá participar activamente en una de las transformaciones intelectuales más profundas de la historia contemporánea.
Un centro interdisciplinario debe convertirse en un espacio real de convergencia. La IA no pertenece exclusivamente a la informática: involucra matemáticas, neurociencia, derecho, ética, medicina, ingeniería y ciencias sociales. Los problemas relevantes —desde la automatización del trabajo hasta la toma de decisiones algorítmicas— no admiten respuestas disciplinarias aisladas.
El objetivo no es solo desarrollar algoritmos más eficientes, sino también más comprensibles, responsables y auditables; ni únicamente innovar tecnológicamente, sino comprender sus consecuencias sociales. La investigación, entonces, no se mide solo en publicaciones, sino en su capacidad de orientar el desarrollo tecnológico dentro de marcos democráticos y humanistas.
La IA no es únicamente una herramienta: redefine las competencias profesionales. El mercado laboral ya no demanda especialistas puramente técnicos ni profesionales exclusivamente humanistas, sino perfiles híbridos capaces de dialogar entre ambos mundos.
Un centro interdisciplinario permite diseñar programas de pre y posgrado donde ingenieros trabajen con juristas, filósofos, psicólogos o diseñadores en la creación de sistemas responsables. También habilita formación transversal para estudiantes de todas las carreras.
Las universidades que integren la IA estructuralmente en su formación atraerán talento y prepararán egresados adaptables a contextos cambiantes. Las que la mantengan como asignatura periférica formarán profesionales para un mundo que está desapareciendo.
El avance de la IA genera entusiasmo y temor en proporciones similares, en gran medida porque la discusión pública suele ser superficial o dominada por discursos extremos. La universidad tiene aquí una función insustituible: traducir complejidad en comprensión.
Conferencias abiertas, programas educativos, medios de comunicación y trabajo con establecimientos escolares permiten explicar qué es realmente la IA, cuáles son sus límites y cómo afecta la vida cotidiana. La divulgación no es extensión ornamental: construye confianza social, forma ciudadanía crítica y posiciona a la universidad como actor relevante en debates que incidirán en la calidad de nuestras democracias.
El conocimiento que no impacta en la sociedad pierde parte esencial de su sentido. Un centro de IA debe facilitar la aplicación práctica de la investigación mediante desarrollo tecnológico y licencias, asesoría a organizaciones públicas y privadas y elaboración de políticas públicas basadas en evidencia.
Así se genera un ecosistema donde investigadores, estudiantes y actores externos colaboran en soluciones concretas: salud pública, sostenibilidad ambiental, justicia más eficiente o educación inclusiva. La transferencia no solo amplía el impacto social; también diversifica financiamiento y fortalece el vínculo institucional con el entorno.
A modo de colofón: se trata de una decisión estratégica, no opcional
Crear un Centro Interdisciplinario de Inteligencia Artificial no es un gesto de modernización ni un ejercicio de marketing académico. Es una decisión sobre el lugar que la universidad quiere ocupar en el siglo XXI: protagonista o espectadora.
Las instituciones que asuman este desafío con visión interdisciplinaria ganarán liderazgo intelectual, atraerán talento y contribuirán activamente al desarrollo del país. Las que posterguen la decisión no permanecerán inmóviles: retrocederán.
La inteligencia artificial no espera. La universidad, de verdad, tampoco debería hacerlo.
Diego Palomo es académico de la Universidad de Talca y abogado integrante de la Corte de Apelaciones de Talca.
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