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miércoles, 30 de septiembre de 2020

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Renta básica universal e inteligencia artificial (parte 2)

“La inteligencia artificial apunta a otro tipo de trabajador como primera víctima de su emergencia, esto es, a los de cuello y corbata”.

Carlos Amunátegui - 2 junio, 2020

Carlos Amunátegui Perelló
Carlos Amunátegui Perelló

El caso de la conducción de vehículos —vista en la columna anterior— es aplicable, en general, a una gran cantidad de actividades productivas. La informática, como tecnología, es esencialmente transitiva, es decir, sus capacidades pueden ser transferidas a otro equipo sin que el primero las pierda, por lo que los costos de difusión son prácticamente nulos y su presencia se hace rápidamente ubicua.

Esto hace que el diseño de una solución sea caro, pero su implementación sea prácticamente gratuita. Es por eso que las compañías tecnológicas invierten ingentes sumas de dinero en llegar a soluciones viables para un problema en concreto, pero una vez alcanzada dicha alternativa, prácticamente regalan los frutos de dicho esfuerzo a un precio insignificante o nulo, rentabilizando formas laterales de ganancia, como la publicidad.

¿Qué labores son automatizables? Andrew Ng, uno de los más destacados diseñadores de inteligencias artificiales, estima que si la labor toma a un ser humano menos de un segundo, ésta es automatizable. Se estima que entre el 30 y el 50% de los trabajos que hoy existen podrían resultar automatizados dentro de los próximos veinte años, y especialmente aquellos que tratan con información, como aquél de los médicos, contadores y abogados.

En lo inmediato, lo más preocupante de las tecnologías ligadas a la inteligencia artificial es su posible impacto en el aparato productivo. Mientras la revolución industrial dejó sin empleo a miles de trabajadores manuales, toda vez que las energías naturales escondidas en el vapor y el carbón fueron domeñadas, la inteligencia artificial apunta a otro tipo de trabajador como primera víctima de su emergencia, esto es, a los de cuello y corbata.

Si bien la inteligencia artificial no emula exactamente nuestras capacidades cognitivas, sí puede llegar a resultados equivalentes a los nuestros por otras vías, especialmente mediante su capacidad de manipular símbolos y detectar patrones. Así, si bien no piensa como nosotros, puede realizar muchas de las funciones que hoy cumplimos con un grado de eficacia difícilmente alcanzable para nosotros. No es sólo que juegos como el go o el ajedrez sean ahora de su entero dominio, sino que muchas otras actividades intelectuales para las que tenemos capacidades más bien limitadas también lo son. Por ello es perfectamente posible y probable que tenga un impacto mayúsculo en nuestro sistema productivo, el que ha sido comparado a la electricidad durante el siglo XX.

En cuanto a labores creativas, se suele creer que éstas están, en algún grado a salvo de la automatización, aunque esto es relativo. Hoy por hoy, un agente no demasiado sofisticado puede componer música, esculpir o pintar al óleo. Tal vez no tenga la destreza de Bach o de Quincy Jones, pero tampoco se requiere de esta habilidad para componer e interpretar la tonadilla de un comercial. En cuanto a la escritura, hoy en día muchas de las noticias que se publican en medios de comunicación están enteramente escritas por agentes artificiales. Ellos, por ejemplo, recolectan información sobre un partido de fútbol, lo describen y dan los detalles al respecto. No tienen la pluma de Tolstoi, pero tampoco ésta es necesaria para hablar de deportes con efectividad.

Es decir, las labores creativas que se encuentran a salvo son aquellas realizadas por un genio o aquéllas en que el hecho que intervenga un ser humano les otorgue un valor añadido. Quien compra la obra de un alfarero de Quinchamalí, quiere el resultado del juego entre manos y fuego. Si buscase piezas industriales, las compraría en cualquier negocio cercano, puesto que la labor del alfarero ya fue industrializada hace siglos. El valor de la pieza la da específicamente el actuar humano y esa labor es irremplazable.

El problema es que los seres humanos comunes y corrientes no se educan para la genialidad ni aprenden labores donde su actuar específico sea el elemento que otorgue valor. En este sentido, las alternativas son pocas, o reconstruimos nuestro sistema escolar y universitario para fomentar la creatividad y la investigación de manera inclusiva, otorgando oportunidades de desarrollo y perfeccionamiento real a todos los habitantes del país, o tendremos generaciones perdidas que no serán empleables de manera alguna, a ningún salario por bajo que sea, incluso aunque esté debajo de su línea de subsistencia.

Es probable que la generación de ingresos se concentre en el futuro inmediato. Los grandes proveedores pueden servirse de la tecnología de punta gracias a sus economías de escala y disponibilidad de recursos, bajando sus costos a una fracción de los actuales, mientras que los pequeños y medianos productores no cuentan con esta posibilidad, por lo que probablemente se vean desplazados del mercado, salvo que puedan dotar a sus servicios y productos de un elemento único que sólo la tradición y la creatividad humana pueden entregar, como la cerámica artesanal de Quinchamalí.

Una compañía que provea de taxis auto conducidos a precio irrisorio desplazaría a todos los taxistas actuales, y los ingresos que antes se repartían entre un grupo amplio de personas se concentrarán en dicha institución. Esto, que puede suceder con los taxis, se aplica a la mayor parte de las áreas de la economía actual. Aunque el uso de inteligencia artificial probablemente aumente el producto geográfico, el ingreso producido a través de ella se concentrará cada vez más. En pocas palabras, tendremos un mundo más rico, donde la mayor parte de la gente no podrá emplearse en nada, y una minoría se lo llevará todo.

 

Carlos Amunátegui Perelló es doctor en Derecho patrimonial por la Universidad Pompeu Fabra, profesor en la Universidad Católica de Chile y profesor visitante en las universidades de Osaka y Columbia. Recientemente publicó el libro Arcana technicae, Derecho e Inteligencia Artificial (Tirant Lo Blanch, 2020).

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