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miércoles, 8 de abril de 2026

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Patentes como indicadores de innovación: una lectura necesaria para Chile

“Una baja producción de patentes de origen nacional no es solo un dato legal, sino el reflejo de una economía que extrae y exporta valor, pero que genera poco conocimiento protegido, transferible y escalable. En ese escenario, el país corre el riesgo de consolidarse como mercado o plataforma, más que como generador de tecnología.”.

Javiera Badilla - 6 abril, 2026

Que Huawei haya liderado, por noveno año consecutivo, el ranking mundial de solicitudes de patentes internacionales —con más de 7.500 en 2025, según cifras de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI)— no es solo una noticia tecnológica o corporativa. Es una señal estructural de cómo se está configurando la economía del conocimiento a nivel global. Hoy, las patentes operan como un indicador adelantado de inversión en investigación y desarrollo (I+D), mostrando con claridad qué países y empresas están logrando transformar conocimiento en valor económico.

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En este contexto, es fundamental comprender que la función de las Patentes de Invención, como instrumentos de propiedad intelectual, es actuar como un vehículo de transferencia entre la investigación y el mercado. Registrar una patente premia y permite recuperar la inversión de quienes logran transformar conocimiento científico y capacidades tecnológicas en activos protegibles, escalables y exportables, otorgándoles derechos exclusivos de explotación por un plazo limitado, fijado por la ley en 20 años, luego de lo cual la invención ingresa al dominio público, pasando a formar parte del acervo común de la sociedad (medicamentos que se vuelven genéricos, tecnologías energéticas, procesos industriales, alimentarios o agrícolas que quedan disponibles para su uso libre y generalizado).

Las patentes de invención no existen para otorgar privilegios indefinidos, sino para facilitar el tránsito desde la investigación hacia el mercado. Este equilibrio se refleja con claridad en el uso del sistema PCT (Patent Cooperation Treaty), que permite proyectar una patente a múltiples países mediante una sola solicitud. En este escenario, China lidera como país de origen, seguida por Estados Unidos, Japón, Corea del Sur y Alemania.

En 2025, por ejemplo, China registró 73.718 solicitudes y Estados Unidos 52.617; y lo más relevante no es solo el volumen, sino la dirección: China crece, mientras que EE. UU. cae respecto del año anterior. Ese movimiento es consistente con lo que la propia OMPI (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual) ha venido mostrando: la innovación mundial se concentra en tecnologías digitales y de ingeniería eléctrica, y Asia sostiene un ritmo de acumulación tecnológica particularmente agresivo. No es casualidad que estos países hayan construido, durante décadas, políticas públicas deliberadas orientadas a la innovación, transferencia tecnológica e industrialización basada en conocimiento, como también lo han hecho Japón y Singapur.

El liderazgo de Huawei no es un accidente. Los reportes y datos de patentes solicitadas y registradas confirman que buena parte de los “top 20” de solicitantes corresponden a empresas de comunicaciones e información, con un peso creciente de sectores ligados a semiconductores, conectividad y digitalización. En otras palabras, las patentes internacionales se están solicitando y registrando “en tiempo real”, en el mismo rubro donde se están librando las batallas tecnológicas que definirán productividad, seguridad económica y competitividad industrial en la próxima década.

Cuando este mapa se contrasta con América Latina, la brecha resulta evidente. Brasil lidera la región con cerca de 580 solicitudes PCT anuales, seguido por México, con alrededor de 300, mientras que Chile se ubica en torno a 160–180 solicitudes. Más reveladora aún es la composición: en el caso chileno, solo cerca de un 12% de las solicitudes corresponde a residentes nacionales, lo que evidencia que gran parte de la tecnología protegida en el país es de origen extranjero.

Este dato se conecta directamente con nuestra estructura productiva. Aunque Chile es considerado una economía de ingresos altos, los bienes y servicios intensivos en conocimiento y tecnología avanzada aún ocupan un espacio marginal, y los ciclos de crecimiento suelen responder más a precios internacionales favorables que a aumentos sostenidos de productividad derivados de innovación propia.

Por ello, la conversación sobre patentes deja de ser meramente técnica y se vuelve estratégica. Una baja producción de patentes de origen nacional no es solo un dato legal, sino el reflejo de una economía que extrae y exporta valor, pero que genera poco conocimiento protegido, transferible y escalable. En ese escenario, el país corre el riesgo de consolidarse como mercado o plataforma, más que como generador de tecnología.

La experiencia internacional demuestra que el camino para superar este modelo no pasa por abandonar los sectores tradicionales, sino por transformarlos mediante tecnología. Países asiáticos como Corea del Sur, Japón, China y Singapur lograron modificar su estructura productiva agregando capas de ingeniería, datos, propiedad intelectual y sofisticación tecnológica a sus industrias, avanzando desde economías manufactureras o extractivas hacia verdaderas economías del conocimiento.

Las sociedades que progresan de manera sostenida lo hacen a través de la innovación y, para que esa innovación llegue efectivamente al mercado, se requiere un ecosistema donde el derecho no sea un obstáculo, sino un habilitador del desarrollo.

 
*Javiera Badilla es abogada especializada en propiedad intelectual e innovación. Es socia en BD LEGAL- Badilla Davis y presidenta del capítulo chileno de la Licensing Executives Society (LES).
 
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