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viernes, 14 de junio de 2024

editorial

No existen los libros colectivos

“Un libro de Derecho tiene que jugársela. Tiene que tener infinitos conocimientos, necesita buenos argumentos y hacer una diferencia. Pero no de esas artificiales, de disentir por gusto, de terremotear sin que se caiga ni una centenaria pared de adobes”.

- 15 septiembre, 2022

Lo que voy a decir será impopular, lo sé, pero alguien debería dejarlo por escrito: un “libro colectivo” no es un libro.

Un libro colectivo es una compilación de artículos o papers. O mensajes o tributos. O intenciones, pero múltiples. Porque aunque diga tener vocación de relato único o sistematización o cobertura de un tema específico, la mayoría de las veces no lo logra. Se tratará de una colección de plumas, conocimientos y egos que no necesariamente conversan entre sí.

Entiéndanme bien: escribir a dos manos es un placer que practicaba con mi amiga Paula González en la Educación Media, pasándonos un papel la una a la otra sin que el profesor se diera cuenta, completando una historia. Y en el resultado no era posible distinguir quién había escrito qué. Cientos de años después sentí la misma gratificación escribiendo con la periodista de El Mercurio Legal Alejandra Zúñiga. Fue un redescubrimiento adolescente de que dos personas pueden tomar, dejar y retomar un tema, escribiendo con una identidad que se oculta en cuanto a su individualidad, pero que se revela respecto de una íntima comunión: el lenguaje elegido, el tono, el vocabulario, la gramática.

Pero también en las imágenes que evocan las palabras, en la descripción, en el análisis, en las metáforas. En la idea. No “las ideas”. Un libro puede ser explicado en un par de párrafos. Incluso en un par de líneas: la idea.

Y lo digo yo, que nunca me he atrevido a escribir uno, pero que no por eso dejo de ser una lectora que tiene voz y voto al momento de evaluar. Lo digo yo, que cuando comencé a escribir —puede haber sido a los 8 o 9 años— mi madre me hizo tantos “comentarios”, que en 2019, pocos meses antes morir, me dijo: “Me acuerdo de cuando quisiste escribir un libro por primera vez. Nos mostraste las primeras páginas con tanto entusiasmo y nosotros te las criticamos tanto, que nunca más volviste a escribir”. Valiente reconocimiento a las puertas de la muerte.

Y valiente tiene que ser el que escriba un libro. Y si es técnico, porque el Derecho es técnico, más valentía requiere.

Un libro jurídico puede ser un manual, que será útil, sin duda alguna. Pero que no tendrá alma. Será una prestación de servicios. Bien, uno puede poner el alma al prestar un servicio, pero no me refiero a eso.

Un libro de Derecho tiene que jugársela. Tiene que tener infinitos conocimientos, necesita buenos argumentos y hacer una diferencia. Pero no de esas artificiales, de disentir por gusto, de terremotear sin que se caiga ni una centenaria pared de adobes. La diferencia la hace esa idea; eso que a nadie más se le ha ocurrido o nadie más ha tenido el valor de gritar a los 4 vientos, como cuando Kurt Cobain canta “Where Did You Sleep Last Night”, en MTV Unplugged.

Quien no tenga el tiempo, las agallas, la capacidad de saltar con miedo y arriesgarse a caer, está en todo su derecho. Pero —seamos transparentes—, no diga que escribió o es autora o autor de un libro.

 
Sofía Martin Leyton
Directora
Idealex.press

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