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viernes, 16 de abril de 2021

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Inteligencia artificial y propiedad intelectual ¿hacia dónde ir?

Hoy nos encontramos en una fase crucial de la denominada “guerra fría” entre Estados Unidos y China por la hegemonía en el ámbito de la inteligencia artificial. Nadie sabe a ciencia cierta quién ganará esa carrera del saber –y del poder-, pero sí es posible vislumbrar cuál es la ruta que cada uno ha trazado […]

Nathalie Walker - 16 diciembre, 2020

Nathalie WalkerNathalie Walker

Hoy nos encontramos en una fase crucial de la denominada “guerra fría” entre Estados Unidos y China por la hegemonía en el ámbito de la inteligencia artificial. Nadie sabe a ciencia cierta quién ganará esa carrera del saber –y del poder-, pero sí es posible vislumbrar cuál es la ruta que cada uno ha trazado para llegar a destino.

Por un lado, tenemos a China, país que ha pasado de ser un mero receptor de tecnologías exportadas desde Silicon Valley a posicionarse en un rol de absoluto liderazgo en el desarrollo e implementación de inteligencia artificial en apenas cinco años. Por otro lado, se encuentra Estados Unidos, país que tuvo un rol indiscutido en el impulso a la investigación en materia de inteligencia artificial y que ha estado siempre en primera línea en esa área, pero que hoy se encuentra en la encrucijada de permanecer en ese sitial o ceder la posta a manos de China.

En materia de propiedad intelectual, Estados Unidos –y, por extensión, el mundo occidental– ha visto con malos ojos varias de las prácticas empleadas por China para el desarrollo de su industria. El año 2019 se estimaba que el 85% de las imitaciones de productos del mundo (copias no autorizadas) provienen de China. Esto ha contribuido a que este país sea visualizado, en esos contornos, como una nación que toma ideas ajenas, sin pagar necesariamente por su uso, para moldearlas y obtener beneficios económicos.

El pensamiento occidental, en cambio, ha estado permanentemente ligado al estímulo y al reconocimiento de la propiedad intelectual. El elemento central, en esa línea, ha sido atribuir las ideas e invenciones a quienes han comprobado ser sus creadores y que la información que circule en torno a aquéllas siempre cite la fuente y reconozca la autoría. Si se pudiera sintetizar en una frase la filosofía de cada país en el área de las tecnologías, se podría decir que el lema de China es “imita para perfeccionar” y el de Estados Unidos “sé original si quieres innovar”.

¿Cuál ha sido el resultado de la aplicación práctica de esos dos modelos? En apretada síntesis, se puede concluir que la difusión prácticamente sin trabas de las ideas ha permitido a China movilizar una ingente cantidad de datos para potenciar un desarrollo sin precedentes de la inteligencia artificial. ¿Por qué ha ocurrido esto? Básicamente, porque el denominado “aprendizaje profundo” de las máquinas requiere de una gran cantidad de datos.

A diferencia del aprendizaje humano, que cuenta con la experiencia o vivencias en un entorno determinado, el de las máquinas requiere el constante y creciente suministro de datos. Una vez lograda una potencia de cálculo satisfactoria (es decir, que la máquina analice o procese los datos a gran velocidad), la diferencia está dada por la cantidad de datos de que se disponga: mientras más se tengan, más profundo será este aprendizaje. Esto permite que hoy en día las máquinas puedan lograr un nivel de funcionamiento que, aún cuando está lejos de emular lo que ocurre en el cerebro humano, da lugar a avances extraordinarios, como por ejemplo, la conducción autónoma de vehículos (ya circulan más de 1400 automóviles de esas características por las calles de EEUU). Pero, para que este aprendizaje profundo sea posible y siga avanzando, necesita de datos que no surgen de la nada, sino que deben ser obtenidos, procesados y mantenidos en permanente circulación. Adicionalmente, una parte relevante de esos datos y de la forma en que se procesan proviene del desarrollo del talento y del ingenio.

Dejando a un lado el tema de la protección de datos personales –la cual será objeto de otra columna futura–, todo parece conducirnos a la conclusión de que para acelerar los avances en materia de inteligencia artificial será conveniente abandonar el esquema actual de protección a la propiedad intelectual e industrial para permitir un tratamiento más veloz de la información y los datos, para hacerlos circular con la menor cantidad posible de trabas.

Todo científico o inventor quiere que su autoría sea reconocida y respetada; así, durante mucho tiempo, diversos países han trabajado en la implementación de legislaciones que protejan la propiedad intelectual, pues ello ha permitido –en gran parte– el avance de la ciencia, generando incentivos económicos y sociales a la creación. Pero, por otro lado, también es preciso reconocer que ya no nos encontramos situados en la fase histórica de los grandes inventos, sino en la fase de implementación de mejoras que son posibles gracias a ellos. Son estas mejoras las que han hecho posible la evolución exponencial de la IA en los últimos años.

¿Cómo hacemos, entonces, para tratar de compatibilizar el ansiado desarrollo de la IA en beneficio de la humanidad con el respecto a la producción de ideas y su estímulo? En nuestro concepto, es preciso reformular las maneras o vías en que se protege la propiedad intelectual o industrial.

El avance de la inteligencia artificial es hoy tan acelerado que, más que hablar de inventos, solo cabe hablar del concepto –más humilde– de mejoras, vale decir, del perfeccionamiento de trabajos anteriores. En tal sentido, las mismas comunidades científicas han adoptado formas espontáneas –no gubernamentales ni burocráticas– para reconocer la autoría de dichas mejoras tecnológicas en que se protegen los inventos con los datos del inventor, el día y la hora del registro.

Un ejemplo es el sitio web www.arxiv.org, repositorio de artículos académicos, sin la lenta y engorrosa revisión habitual de pares y que permite, por lo mismo, la publicación inmediata de las investigaciones. Con ello se logra una difusión rápida y actualizada de las mejoras logradas, para que otros puedan estudiarlas con un desfase mucho menor y, a su vez, perfeccionarlas de manera más rápida, sin que por ello se deje de reconocer la autoría de los avances. Se trata, sin duda, de un sistema virtuoso, en contraposición a las publicaciones científicas sometidas a revisión de pares, que requieren de una insoslayable burocracia y tiempos de espera.

Si lo anterior se centra en el ámbito estricto de la inteligencia artificial, una protección demasiado engorrosa de la propiedad intelectual puede convertirse en un importante freno que ralentice los avances. Si un creador o innovador espera completar el procedimiento de registro de una invención, diseño u otro, es muy probable que, a ese minuto, o el avance ya se encuentre superado por otro similar o, debido al constante avance en el área de la inteligencia artificial, ya se vuelva obsoleto.

En conclusión, en materia de inteligencia artificial –y no solo en este ámbito– la propiedad intelectual e industrial deberá modernizarse para dar cabida a formas más modernas y ágiles de protección y difusión de las ideas. Es preciso, entonces, dar un salto cualitativo desde el “publish or perish” al “publish right now”.

 
* Nathalie Walker Silva es abogada, doctora en Derecho por la Pontificia Universidad Católica de Chile e investigadora en la Facultad de Derecho de la Universidad Andrés Bello.

 

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