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viernes, 8 de mayo de 2026

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Los escritos: la errada apuesta por la extensión

“Por más inteligencia artificial que exista, un escrito no vale por su extensión, sino por lo que logra. Y lo que debe lograr es algo bastante más exigente que llenar espacio: debe permitir entender. Debe ordenar. Debe persuadir. Todo lo demás, de cara a una práctica exitosa, es accesorio”.

Diego Palomo Vélez - 8 mayo, 2026

A propósito de una columna anterior, algunos lectores observaron que lo que se apuntó respecto de los problemas del tiempo y las actuaciones orales en un juicio eran extrapolables a las actuaciones escritas y su extensión.

Y no les falta razón. Hay algo que se ha ido instalando en el ejercicio cotidiano de la abogacía: la extensión ha pasado a ser (mal) entendida como equivalente a un trabajo profesional bien realizado. Como si el derecho, que es esencialmente un ejercicio permanente de selección, de síntesis y de claridad, necesitara ahora de un volumen cada vez más creciente de páginas para existir. Pero no lo necesita.
Entonces, se podría pensar inicialmente que este fenómeno se concentra en las actuaciones orales, en esos alegatos o alegaciones que, a ratos, olvidan que el tiempo no es un enemigo a vencer, sino un límite que obliga a pensar mejor lo que se dice.

Pero el problema es bastante más profundo y arraigado en los abogados. Está también muy presente en los escritos. En la demanda, en la contestación, en la simple evacuación de un traslado, en el incidente que por fuerza se transforma en un pequeño tratado, en el recurso de apelación o de casación, forma o fondo que parece buscar (sin querer, imaginamos) agotar la paciencia antes que convencer.

Se ha ido desperfilando, poco a poco, la comprensión de lo que es un buen escrito jurídico. Antes, un buen escrito era aquel que lograba, con lo justo, instalar el problema, ordenar los hechos y conducir al juez hacia una conclusión razonable. Hoy, en cambio, parece que la vara se ha corrido contraproducentemente: se piensa que mientras más páginas, mejor. Mientras más citas, aunque innecesarias, mejor. Mientras más rodeos, aunque diluyan o distraigan de la idea central, mejor.

Se ha llegado a escritos que incluyen índice, como si se tratara de un libro destinado a una lectura pausada, cuando en realidad lo que se necesita es una comprensión rápida, precisa y sobre todo útil. Escritos que repiten ideas, que giran sobre sí mismos, que esconden lo importante bajo cientos de palabras innecesarias. Escritos que, en definitiva, dificultan en lugar de ayudar al objetivo al que pretenden servir.

Y en este cuadro, la irrupción de la inteligencia artificial en los últimos años no ha hecho sino potenciar este problema. Porque lo que antes requería tiempo —y, por lo mismo, cierto filtro— hoy se produce en cuestión de minutos. La barrera natural que imponía el esfuerzo de escribir ha desaparecido en gran medida, y con ella también se ha debilitado el necesario ejercicio de pensar qué vale la pena decir y qué no.

La inteligencia artificial permite redactar textos extensos, bien estructurados, con un lenguaje correcto y fórmulas reconocibles. Pero justamente ahí radica el riesgo: en esa facilidad para mostrar mucho sin necesariamente decir algo. En esa tentación de delegar no solo la escritura, sino también —y esto es lo más delicado— el propio proceso de selección y jerarquización de la información relevante.
El problema, entonces, no es la herramienta que implica la inteligencia artificial. El problema es la renuncia al criterio. Cuando la inteligencia artificial se utiliza para expandir en lugar de depurar, para rellenar en lugar de precisar, lo que se obtiene no es un mejor escrito, sino un texto más largo, más difuso y, en no pocos casos, más distante de aquello que realmente importa.

Y produce, además, la progresiva homogeneización del lenguaje, privando a estas presentaciones de un estilo propio del que los hace llegar al proceso. Escritos que comienzan a parecerse entre sí, que repiten estructuras y fórmulas, perdiendo esa voz propia que muchas veces es la que permite destacar una idea, enfatizar un argumento o simplemente captar la atención de quien debe decidir, el juez.

Por ello, por más inteligencia artificial que exista, un escrito no vale por su extensión, sino por lo que logra. Y lo que debe lograr es algo bastante más exigente que llenar espacio: debe permitir entender. Debe ordenar. Debe persuadir. Todo lo demás, de cara a una práctica exitosa, es accesorio.

Recuperar esa idea central no es un ejercicio estético ni una defensa del pasado. Es, simplemente, volver a lo esencial. Porque quien escribe en derecho no escribe para sí mismo, ni para exhibir erudición, ni para demostrar que puede decir lo mismo diez veces de diez maneras distintas. Escribe para que otro —un juez, una jueza, un ministro— comprenda un problema y pueda decidirlo conforme a los intereses que represento.

Y en ese contexto, la extensión por la extensión deja de ser un mérito. Pasa a ser, más bien, un riesgo. Porque cuando sobra lo innecesario, suele faltar lo importante.

Con inteligencia artificial o sin ella, el desafío sigue siendo exactamente el mismo: pensar antes de escribir, y escribir solo lo que vale la pena ser leído por quienes me interesa que lean con especial atención y cuidado.

 

Diego Palomo es académico de la Universidad de Talca y abogado integrante de la Corte de Apelaciones de Talca.

 
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