"El ejemplo clásico es el del gestor inmobiliario que tiene algún tipo de integración, directa o indirecta, con la constructora....
¿Está muerta la universidad?
“El pilar del nuevo modelo universitario no puede ser la información —de eso hay océanos, y gratis—, sino la custodia de la atención humana y la formación de la identidad del alumno. Heidegger distinguió calcular de pensar: el cálculo se detiene cuando alcanza su fin; el pensamiento se queda con la pregunta aunque no rinda”.
Gonzalo Álvarez - 13 julio, 2026
Empecemos por el diagnóstico, porque sin él toda propuesta es humo. Lo que agoniza no es la universidad, sino un modelo: el que Clark Kerr bautizó en 1963 como multiversity, la universidad-conglomerado que investigaba, formaba técnicos y certificaba credenciales a la vez. Ese ensamblaje se sostuvo sobre un sustrato compartido —el libro, la clase magistral, el examen escrito— difícil de simular. Ese sustrato se disolvió.
Gonzalo ÁlvarezCuando un estudiante produce un ensayo plausible en veinte minutos con Claude o Gemini, ¿qué sentido tiene mandarlo? La IA no automatizó algunas tareas: volvió obsoleto el formato mismo como instrumento de evaluación. No es que los alumnos hagan trampa contra el sistema; es que el sistema volvió racional la trampa.
Y hay un dato que ningún jurista puede ignorar. En mayo de 2026, un equipo de Stanford dirigido por Julian Nyarko publicó el estudio Law Professors Prefer AI Over Peer Answers. Dieciséis profesores de Derecho evaluaron a ciegas 2.918 respuestas de contratos sin saber cuáles provenían de una máquina. Las de la IA ganaron el 75% de las veces, y fueron marcadas como “pedagógicamente dañinas” apenas un 3,5%, frente al 12% de las humanas. Se eligió contratos porque exige razonar, no memorizar: el terreno donde el jurista se creía insustituible. Si el valor del profesor era entregar la mejor respuesta, ese valor acaba de ser igualado por un sistema estadístico.
¿Significa que la universidad está muerta? No. Significa que debe reconstruirse sobre un inventario honesto de lo que la IA no puede hacer, porque eso se vuelve lo más valioso cuando la máquina hace todo lo demás. Y hay tres cosas que ningún algoritmo de IA puede hacer.
La primera es la confianza. No se calcula procesando datos: es una relación construida en el tiempo entre personas que se han jugado algo y pueden ser traicionadas. La máquina simula fiabilidad, pero no puede ser sujeto de confianza: no hay un “quién” que responda, que firme, que cargue con el error. Y casi toda profesión es un oficio de confianza, no de información.
La segunda es el estilo y el gusto, que sostienen al arte y a la ciencia: antes de resolver un problema, alguien debe juzgar que vale la pena, y eso es un juicio estético, no lógico. Los modelos hacen lo contrario: promedian, convergen al centro estadístico, producen la respuesta más probable, que es la menos distintiva. Pueden imitar una voz; no tener la propia.
La tercera, y la más honda, es constituir propósitos y metas. Una máquina persigue cualquier meta que le demos, pero no puede darse ninguna, no puede decidir que este fin, y no otro, merece perseguirse. Constituir un fin es un acto de valoración, y valorar es inseparable de la experiencia encarnada, emocional y temporal de un ser finito para quien las cosas importan. La máquina no tiene un “le importa”. Como recuerda Humberto Maturana, hasta la ciencia más rigurosa parte de premisas que aceptamos desde la emoción. La IA puede alcanzar el fin; jamás elegirlo.
Por eso el pilar del nuevo modelo universitario no puede ser la información —de eso hay océanos, y gratis—, sino la custodia de la atención humana y la formación de la identidad del alumno. Heidegger distinguió calcular de pensar: el cálculo se detiene cuando alcanza su fin; el pensamiento se queda con la pregunta aunque no rinda. Formar identidad es formar la capacidad de valorar y de constituir propósitos. Una profesión no es un repertorio de técnicas, es una vocación, un propósito encarnado. Donde la ejecución se automatiza, el valor del profesional ya no está en hacer la tarea, sino en decidir cuál es la correcta.
Me confieso optimista, porque un diagnóstico severo no autoriza al pesimismo. La IA no es la sentencia de muerte de la universidad; es la oportunidad de reconciliarla con su mejor tradición, el lugar donde se aprende a atender, a juzgar y a dudar con método. Pero el riesgo no se puede callar; la universidad ha sido el único ascensor social que aún no se rompe del todo. Si se resigna a ser un servicio de streaming educativo, quienes puedan pagar tendrán maestros y tiempo lento; los demás, pantallas y un modelo que promedia. Proteger la dificultad es proteger la igualdad, y custodiar la atención no es un lujo, es una condición de la democracia.
La IA será el copiloto más poderoso que haya tenido un profesional, pero el destino lo sigue fijando quien valora, quien responde y quien firma. Formar a ese sujeto —no al operador que ejecuta, sino a la persona que decide qué vale la pena hacer— es hoy la razón de ser de la universidad. Mientras quede alguien capaz de formular la pregunta que ninguna máquina se haría por sí misma, y alguien dispuesto a escucharlo sin interrumpir, habrá universidad. Lo demás es mobiliario e infraestructura.
Gonzalo Álvarez Seura es director del Programa de IA & Legaltech de la Universidad Central de Chile.
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