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«El jazz es como la democracia»: los abogados también pueden ser músicos
La música ofrece un espacio de mindfulness para los abogados y también una oportunidad para practicar la constancia y la capacidad de enfrentarse a desafíos complejos.
- 13 enero, 2026
Las humanidades y las artes han estado históricamente vinculadas, por lo que no resulta extraño que algunos artistas provengan del ámbito del Derecho. Un ejemplo emblemático es el tenor italiano Andrea Bocelli, quien estudió Ciencias Jurídicas en la Universidad de Pisa y llegó incluso a ejercer durante 1 año como abogado designado por un tribunal.
Dentro del propio mundo jurídico, sin embargo, también existen abogados músicos que en paralelo a su carrera, desarrollan su vocación artística, conciliando ambas disciplinas de manera permanente.
Fernando Araya Jasma. Fotografía de Mariana Soledad“Yo sabía tocar guitarra antes de ingresar a Derecho. Sin embargo, tuve la fortuna de estudiar en una facultad que mantiene una larga tradición ligada al jazz. Me refiero a la Facultad de Derecho de la Universidad de Concepción, que hoy incluso cuenta con una Big Band de nivel profesional”, dice Fernando Araya Jasma, socio de Estudio Lewin Abogados, profesor de derecho de la libre competencia de la Universidad Diego Portales y guitarrista que integró la “Big Band Derecho UdeC”.
Uno de los hitos que marcó el interés de Araya por la guitarra —y, en particular, por el jazz— fue una presentación del músico Joe Pass en el Teatro de la Universidad de Concepción, cuando tenía 17 años: “A partir de ese concierto comenzó mi vocación. Además, tuve la enorme suerte de acceder en la UdeC a la colección de discos que pertenecía al jefe de carrera de la Facultad de Derecho, lo que fue clave para mi aprendizaje”.
Martín PopelkaRespecto de su afinidad con el jazz, Araya explica que este género se caracteriza por una lógica de diálogo permanente entre los intérpretes. “Existe una comunicación desde la exposición o introducción del tema, y muchas veces, tras la estructura principal, cada solista tiene la posibilidad de improvisar y desarrollar una propuesta personal con su instrumento o voz. A diferencia de la música docta, donde la orquesta responde a una dirección estricta, el jazz es como una democracia, con mayores espacios de libertad creativa”, sostiene.
Martín Popelka, abogado independiente especializado en derecho tributario y bajista, cuenta que su vínculo con la música se gestó desde la infancia. Su padre estudió música en Brasil y se desempeñó como guitarrista de bossa nova, lo que hizo que creciera en un entorno donde los instrumentos y el canto formaban parte de la vida cotidiana: “A los 7 años aprendí guitarra y a los 15 empecé con el bajo, momento en que enfoqué definitivamente mi camino musical. Al volver del colegio, llegaba a casa y, como siempre había música sonando, tomaba el instrumento y empezaba a tocar encima. Comencé con el funk y luego pasé por el rock, el jazz, el reggae y otros estilos”.
El interés de Popelka por el bajo se consolidó a mediados de los años 2000, tras escuchar el álbum Californication de Red Hot Chili Peppers: “Me voló la cabeza. Desde ahí empecé a prestar atención al bajo en toda la música que conocía y, casi sin darme cuenta, el foco pasó de la guitarra al bajo. Todo fue autodidacta: nunca tuve un profesor formal ni aprendí a leer partituras, más allá de algunos consejos de mi padre, que me ayudaron a desarrollar el oído para sacar canciones”.
En la actualidad, Popelka interpreta repertorios variados en los eventos en los que participa, abarcando desde jazz y funk hasta distintos estilos de música bailable. Si bien la consultoría tributaria constituye su principal actividad profesional, también se desempeña como músico de sesión y productor de eventos. “Ahora que trabajo más desde el ámbito de la asesoría, tengo mayor flexibilidad para administrar mis tiempos y dedicarle más horas al bajo”, expresa.
«Es una ventaja ser abogada»
Bárbara Callejas“La formación legal me ha permitido enfrentar la industria musical desde otro lugar y con nuevas herramientas”, comenta Bárbara Callejas, abogada de la Universidad Adolfo Ibáñez, cantante habitual en distintos clubes, profesora particular de canto y miembro del directorio de la Corporación Cultural Club de Jazz de Santiago, donde colabora de manera ad honorem en materias jurídicas.
Callejas ha orientado su vocación principalmente hacia el jazz, aunque también se ha desarrollado en otros estilos como el blues y el bossa nova. Además, como cantante de sesión, ha trabajado con un repertorio internacional que incluye canciones anglosajonas de pop, soul y R&B, entre otros géneros reconocidos. Paralelamente, integra un trío femenino instrumental y vocal dedicado al «jazz huachaca» y al swing: “Realizamos adaptaciones al español del repertorio estándar del jazz norteamericano y también interpretamos composiciones propias”.
En diciembre de 2025, Callejas publicó el disco Sesiones en Vivo Quinteto, grabado junto al pianista Giovanni Cultrera, exfiscal de bancos, donde interpreta piezas de jazz, swing y scat.
Su vínculo con la música comenzó tempranamente: canta desde los 5 años y aprendió guitarra a los 11, manteniéndose activa durante la etapa escolar en festivales y coros: “Al momento de elegir una carrera universitaria, quise optar por la música, pero vivir del arte es complejo y mi familia tuvo aprensiones. Llegamos a un acuerdo para que estudiara algo que me entregara estabilidad económica y, más adelante, la libertad de dedicarme a lo que quisiera. Además, siempre me interesaron las humanidades y en mi familia existe una tradición ligada al Derecho”.
Tras un período de ejercicio en el ámbito jurídico, Callejas decidió profundizar su formación musical de manera más formal. Estudió en la Escuela Superior de Jazz, donde tomó clases teóricas y de canto, y posteriormente fue apadrinada por el guitarrista Jorge Díaz, con quien trabajó improvisación vocal y armonía aplicada a la guitarra.
Luego de desempeñarse de manera freelance en el estudio jurídico de un amigo, vivió una temporada en Brasil, donde se dedicó a la música en circuitos de restaurantes durante la época alta. Con el paso de los años, su carrera se ha desplazado hacia espacios de mayor profesionalización.
Emma FischerDesde su experiencia, los conocimientos jurídicos han resultado clave para desenvolverse en el componente administrativo del sector musical: “Es una ventaja ser abogada para todo lo relacionado con postulaciones a fondos culturales, negociaciones con productoras, municipalidades y otras instituciones que contratan servicios artísticos. Los fondos públicos implican un alto nivel de burocracia y un lenguaje técnico que, gracias a mi formación, no me resulta ajeno”.
Por su parte, Emma Fischer, abogada de la Universidad Diego Portales, trabaja actualmente como intermediaria independiente en el ámbito de los fondos de litigación, tras su paso por Loopa Finance, y de manera ocasional se desempeña como cantante de jazz.
Su vínculo con la música proviene del entorno familiar: su madre, Danielle Gilson, fue una cantante de jazz originaria de Filadelfia, quien la introdujo desde temprana edad en ese mundo: “Tomé clases de distintos instrumentos y finalmente me quedé con el canto. Comencé con técnica lírica, donde se aprende una impostación específica, y desde esa base pude evolucionar hacia otros estilos y formas de expresión que me representan más. También participé en el coro de la Facultad de Derecho de la Universidad Diego Portales durante la pandemia, en modalidad virtual, lo que fue toda una experiencia”.
Fischer inició su trabajo como cantante freelance en 2018 y, al comenzar su trayectoria profesional en el Derecho, debió reducir el tiempo dedicado a la música, aunque aprovechaba los fines de semana para perfeccionarse. Más tarde, durante su etapa en Loopa, al no estar sujeta a un horario rígido, pudo ensayar con otros músicos y compatibilizar de mejor manera ambas actividades.
Para Fischer, la práctica musical aporta un valor significativo a la labor jurídica, especialmente en términos de confianza y disciplina: “La música fomenta la constancia y la capacidad de enfrentarse a desafíos complejos, habilidades que se trasladan directamente al Derecho. Además, pararse en un escenario fortalece la seguridad para hablar en público y desenvolverse frente a otras personas. Por otro lado, la creatividad también resulta clave para abordar problemas difíciles, que son habituales en el ejercicio profesional”.
Nunca es tarde
Aunque actualmente se encuentra más concentrado en su desarrollo profesional dentro del ámbito jurídico, Fernando Araya considera que su formación musical constituye un valor añadido. En particular, destaca que, junto a otro abogado asociado de Estudio Lewin, quien también es músico, puede aportar un componente artístico en actividades de fin de año o en instancias de esparcimiento de la firma, enriqueciendo esos espacios con música en vivo.
“La música te sitúa en un estado similar al de la meditación y, efectivamente, al tocar un instrumento se activan conexiones que permiten visualizar ideas y estrategias legales que no aparecen cuando uno enfrenta los problemas desde una mirada excesivamente acotada y técnica”, explica Araya.
Para Emma Fischer, quienes desean iniciarse en el mundo musical deben priorizar una base técnica sólida y rodearse de personas creativas que incentiven la exploración: “Creo que lo más importante es atreverse. No existe un momento perfecto para comenzar y muchas veces caemos en la trampa de querer hacerlo todo de forma impecable desde el inicio. Al igual que en otros ámbitos, en la música el aprendizaje se pule con el tiempo; lo fundamental es empezar, mantener disciplina y aprender del proceso”.
En una línea similar, Martín Popelka aconseja experimentar sin grandes inversiones iniciales: “Si a alguien le atrae la música, siempre vale la pena tomar un instrumento, probar y dedicarle un tiempo para ver qué ocurre, independientemente de cuál sea. En mi caso, al ser autodidacta, no soy especialmente partidario de basar el aprendizaje exclusivamente en clases formales. No es necesario gastar grandes sumas de dinero en un instrumento; se puede comenzar con algo barato, probar si realmente motiva y, recién entonces, decidir si vale la pena avanzar”.
Bárbara Callejas, en tanto, advierte a los abogados interesados en desarrollar una carrera musical que se trata de un camino exigente y que la música debe entenderse como un oficio: “En mi caso implicó renunciar a ciertas comodidades, como la estabilidad económica o la certeza de recibir un ingreso fijo a fin de mes. La actividad musical, en términos generales, es bastante freelance, lo que obliga a salir a buscar trabajo, darse a conocer y mantener una disciplina constante en el desarrollo del propio instrumento”.
Callejas añade que la práctica artística también aporta al mindfulness en el ejercicio del Derecho, especialmente a través del canto, que conecta directamente con la respiración: “Cuando interpreto una canción o toco un instrumento, se produce un fenómeno mental que me ancla al presente. Se genera un estado cercano a la meditación, en el que dejo de pensar en otras cosas. Durante un concierto, todo mi ser está volcado en lo que ocurre en ese instante”.
“Por eso, creo que nunca es tarde para darle un espacio a la música en nuestras vidas”, afirma.
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