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viernes, 16 de abril de 2021

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Educación y pandemia: a veces hay que perder para ganar

“Nos hemos obsesionado con volver al aula o, en el mejor de los casos, con adquirir la infraestructura para poder seguir entregando esa información en línea. Sin embargo, a lo que no hemos dado prioridad es a reimaginar la generación y transmisión del conocimiento, hemos olvidado que educar no es sólo entregar contenidos; y que depende de un contexto social”.

Catalina Guzmán - 5 diciembre, 2020

educaciónCatalina Guzmán Valencia

El sondeo #EstamosConectados de Educación 2020 generó amplio debate cuando dio a conocer que un cuarto de l@s estudiantes chilenos reconoce no haber aprendido durante este período. Pero lo más preocupante es, en realidad, que casi la mitad de l@s alumnos está de acuerdo con dar por perdido este año escolar.

Desde el punto de vista pedagógico, la autopercepción del estudiante es la manera en que se percibe a sí mismo dentro del proceso educativo. Y esta apreciación parte de las creencias, expectativas y actitudes que se valoran dentro de un contexto educativo. Si l@s jóvenes dan por perdido su año escolar, desaprovechan la posibilidad de aprender de la experiencia vivida y eso se debe al paradigma de educación que les hemos inculcado.

En las últimas décadas el sistema educativo se ha enfocado en la productividad a corto plazo; es decir, en el manejo de herramientas por sobre el desarrollo del pensamiento crítico, la colaboración y la creatividad: aspectos vitales en tiempos de crisis. Se ha privilegiado instrucción por sobre educación, instalando la idea de que vamos a la escuela para rendir, para competir o para lograr el éxito. Si el aprendizaje se mide en el número de objetivos curriculares la misma priorización de objetivos del Ministerio de Educación de Chile evidencia que estamos perdiendo.

Esta crisis es una oportunidad para cuestionarnos si la priorización debe ser cuantitativa o cualitativa. Y para el salto cualitativo hace falta reinventar la manera de concebir y evaluar la educación. En la era del Dataísmo —como llama el filósofo Yuval Noah Harari a la actual obsesión por los datos— es difícil creer que no podamos medir los procesos de enseñanza-aprendizaje más allá de contenidos u objetivos. La regla de oro en ciencia de datos es formular la pregunta correcta para diseñar el algoritmo; pero en una sociedad que ha perdido el sentido de la educación es imposible concebir esa pregunta.

El estado emocional de los estudiantes es una pieza clave en su proceso de formación. El aula es un espacio que los prepara para enfrentar la vida, comprender el mundo y a sí mismos. La crisis COVID-19 ha expuesto que más importante que el SIMCE o las pruebas PISA es conocer cómo se sienten l@s alumn@s frente a su propio proceso de aprendizaje. Su percepción es fundamental para propiciar una vivencia educativa “exitosa”.

La psicología positiva y las ciencias de la felicidad, proponen identificar las fortalezas y virtudes desde una perspectiva abierta respecto del potencial humano, sus motivaciones y capacidades. Si habláramos más de virtudes y fortalezas que de notas los estudiantes no sentirían que han perdido el año y podrían valorar lo que han ganado en experiencia o lo que han podido descubrir de sí mismos en este periodo.

Es conocido el proverbio africano “Para educar a un niño se necesita una tribu entera”, que alude a la corresponsabilidad de la comunidad. Y algo similar plantea Nicolás Negroponte, en su libro “Ser Digital” cuando cuestiona la aparente evolución histórica de la educación y esgrime que la gente primitiva no era en absoluto ignorante, sino que usaba otros medios para transmitir sus conocimientos de generación en generación, en un entramado social solidario.

Por el contrario, explica, “una persona ignorante es el producto de una sociedad moderna cuyo entramado se ha desintegrado y cuyo sistema ya no es solidario”. En este ámbito es que l@s estudiantes han sufrido la mayor pérdida. Una educación estandarizada y desincrustada de la experiencia emocional compartida por la comunidad pierde sentido.

El conocimiento es el resultado de procesar internamente la información y elaborar estructuras que nos permiten interpretar y ser conscientes de lo que nos rodea y de nosotros mismos. Lo que proviene del exterior es, simplemente, información. Este año de crisis nuestro sistema educativo ha experimentado la dificultad material y técnica de entregar información. Frente a este problema nos hemos obsesionado con volver al aula o, en el mejor de los casos, con adquirir la infraestructura para poder seguir entregando esa información en línea (un pendiente urgente). Sin embargo, a lo que no hemos dado prioridad es a reimaginar la generación y transmisión del conocimiento, hemos olvidado que educar no es sólo entregar contenidos; y que depende de un contexto social.

No hace falta volver a la tribu para recuperar la noción de corresponsabilidad en la educación de nuestr@s niñ@s y jóvenes. Y ya que, en nuestra realidad posmoderna además podemos hacerlo con apoyo de las herramientas tecnológicas, tenemos la gran oportunidad de aprender a “Educar en Red”. La transformación digital de nuestro sistema educativo no es sólo un desafío técnico, es un por sobre todo un desafío cultural. Este año hemos perdido en contenidos, pero podemos ganar un nuevo paradigma educativo.

 
Catalina Guzmán Valencia es Directora Ejecutiva de Pensar en Red.

 

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