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martes, 20 de octubre de 2020

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Del derecho romano a la inteligencia artificial

No es un viaje en el tiempo. Carlos Amunátegui conecta tradición y futuro. Recientemente dictó un seminario en Japón y está pronto a publicar un libro mezclando ambos paradigmas legales.

- 30 enero, 2020

]Carlos Amunátegui
César Contreras / Samuel Osorio

Lunes 27 de enero, 9 de la mañana, en el patio de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de Chile, nos espera para tomar un café y conversar del derecho romano en tiempos de legaltech, el profesor Carlos Amunátegui.

La escena parece salida de un episodio de la serie española Ministerio del Tiempo de TVE, que se puede ver en Netflix. El profesor habla con propiedad de derecho civil, romano y tecnologías aplicadas al Derecho. Saltos en el tiempo a través de palabras; no viajes aún, ni máquinas.

Amunátegui, de vestimenta impecable —terno azul, zapatos negros, camisa blanca y corbata roja— luce un reloj de bolsillo que prácticamente no toma en cuenta, a sabiendas de que debe participar de un comité evaluador de un examen de doctorado, que comienza en minutos.

A medida que transcurre la conversación, la charla toma ribetes de clase magistral, con un discurso dialéctico, personificado, en que logra transmitir su idea de entender la tecnología legal a través de los romanos, vislumbrando el futuro del Derecho. Haciéndote pensar que su teoría, por más descabellado que se vea a priori, ha logrado romper las barreras espaciotemporales.

Juan Miquel, su maestro de romano y que murió en 2008, fue una de sus influencias en esta materia: “Tenía una fijación por la tecnología; de hecho él programaba. Es más, escribió alguna vez sobre lógica jurídica y computadores. Me heredó esa inquietud”.

En estos momentos tiene en imprenta un libro, en etapa de maquetación, que la editorial Tirant lo Blanch comercializará para toda Latinoamérica.

De Santiago a Roma

Revisando el itinerario de la entrevista, aún en off, hablando del éxito de su versión de código civil publicado en 2019 con anotaciones, concordancias y la selección de fuentes que tomó Andrés Bello para el Código Civil chileno, la primera pregunta resulta natural junto al rec de la grabación: ¿cómo llegas desde este civil-romano que impartes al mundo de la inteligencia artificial?

Tras un segundo, Amunategui responde: “Hay dos o tres influencias. Primero, en el derecho romano siempre trabajas con muchas lenguas: latín, griego, alemán, italiano y francés; y de alguna manera la programación, los lenguajes de programación, son otra lengua más. No es tan difícil aproximarse a ella habiendo aprendido otras ya; hay cierta afinidad”.

“Soy hijo de los Atari y de los ZX Spectrum: aprendí mis primeros rudimentos de programación en Basic, pasaba las tardes con mis primos construyendo un programa, donde al final salía la bandera norteamericana o una estupidez por el estilo”, continúa.

De alguna manera, añade, comenzó a percibir el importante auge de la inteligencia artificial y después de años desaparecido, volvió su interés: “Aprendí lenguajes básicos, a construir algoritmos, y de pronto pensé que una mirada jurídica del tema no estaba lo suficientemente planteada desde Latinoamérica, desde nosotros”.

Así, su objetivo fue “poner en contacto una tradición lejana, como lo es la romana, con el futuro”. Hay muchas cosas que funcionan muy bien desde el ámbito de los principios romanos para la inteligencia artificial, advierte.

Amunategui plantea: “¿Por qué recurrir al romano y no inventar reglas nuevas? Bueno, es muy sencillo, porque los romanos eran bastante prácticos, entonces sus reglas muchas veces son más prácticas que las que estamos planteándonos inventar”.

Por otro lado y al seguir latentes, no serían incompatibles: “Basta releer el articulado del Código para encontrar estas reglas nuevamente. Muchos se basan justamente en fragmentos romanos que tratan problemas similares. Puedes entrar a soluciones compatibles con tu historia, con tu tradición y de una utilidad práctica evidente”.

Pero también es funcional para construir nuevas reglas, plantea el académico, pues los seres humanos necesitamos de nuestra memoria para poder proyectarnos hacia el futuro. “Si yo no me acuerdo de qué es lo que hice esta mañana o dónde desperté o si es que desayuné, difícilmente puedo planear ir a un trabajo o comer”, dice y agrega: “Yo necesito recordar para proyectar y esto, que es a nivel individual, también se explica a nivel social, pues como sociedad necesitamos recordar nuestras raíces para poder proyectar y construir adecuadamente hacia el futuro”.

Escala en Osaka

El diálogo se mueve como puntitos a través del mapamundi y llegamos a Japón, donde Amunategui impartió recientemente un seminario a profesores y alumnos de posgrado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Osaka.

“Fui invitado por un mes a dictar un seminario de una semana sobre inteligencia artificial. Siempre es excitante hablarle a los japonés sobre el tema. En esta oportunidad, lo interesante para mí era lo que ellos buscaban, la conexión entre la tradición y el futuro, que pudiese engarzar los problemas de la inteligencia artificial con un recorrido histórico, algo dogmático hacia el pasado”, comienza relatando la experiencia.

“La idea que estos profesores y alumnos de posgrado tenían era que las soluciones jurídicas iban a ser más eficientes, a estar mejor respaldadas, si estaban amparadas por una tradición dogmática, como el derecho romano”, prosigue.

Apurando lo que queda de café, sostiene una certeza: “Los japoneses también poseen un sistema romanista —su código es similar al francés—, con una doctrina pandectística fuerte, entonces las soluciones que yo les planteaba les resultaban bastante atractivas, porque no rompían su esquema intelectual jurídico”.

“Era todo muy curioso, porque además la gente que asistió venía de trasfondos muy distintos; algunos, más bien de la historia del derecho o del derecho romano y otros, de la filosofía o directamente desde el cyber lobby. Fue difícil calibrar el contenido del seminario, ya que lo que unos sabían, los otros lo ignoraban, y necesitaba lograr un conocimiento común, un diálogo común en la clase. Fue interesante”, finaliza el relato de su viaje.

Carlos Amunátegui

Los planos

Toda historia sobre viajes en el tiempo siempre tienen una máquina o una forma propia de viajar, en la serie citada anteriormente es a través de unas puertas como los protagonistas saltan de época; Amunátegui ocupará un clásico: un libro.

“Utilicé varios textos que más menos fijan el contenido, de cuales son los problemas más importantes dentro de la inteligencia artificial, pero lo que me guió fueron básicamente 3 preguntas: ¿cómo funciona?, ¿cuáles son los problemas jurídicos más evidentes? y ¿cuál es el futuro de la profesión?”, nos comenta el origen de su idea, situando la problemática inicial: “Uno de los grandes problemas de la inteligencia artificial es que mucha gente habla de ella sin saber cómo funciona, solamente conociéndola podemos entender qué problemas genera o qué beneficios puede traer”.

Los siguientes minutos son para hablar de la estructura de su obra: “el primer capítulo intenta explicar cómo funciona, en términos simples, en términos para abogados, reduje las matemáticas al mínimo, creo que tengo una sola fórmula en todo el texto y está en una nota al pie. La formulación matemática traté de endulzarla u omitirla, porque no sé por qué la gente le tiene terror a las matemáticas”.

“Consiste principalmente en contarte cómo funciona, para qué sirve, hasta dónde llega y en qué no funciona. No estamos a dos minutos de podernos sentar a tomar una taza de café con C3PO, estamos muy lejos de eso, de hecho ni siquiera sabemos lo que es la consciencia, el tipo de correlaciones que se generan hoy en día a través del big learning, son simplemente correlaciones, no hay causalidad. Intenté sacar mitos y explicar cómo funciona en realidad”, relata.

El segundo capítulo, prosigue, destaca los problemas jurídicos más evidentes, por ejemplo, el problema del sesgo, que —opina— es el tema central que como sociedad vamos a enfrentar: “La inteligencia artificial puede convertirse en un problema de derechos humanos a muy corto plazo, si es que no lo es ya, si a través de redes neuronales realizamos predicciones que en definitiva resultan discriminatorias y basamos parte de nuestra economía en ello, podemos llegar a consecuencias tan terribles como la re-etnificación de la pobreza, como el aumento de la exclusión social, todas cosas que sabemos son el peor de los mundos posibles, entonces el sesgo, para mí, fue el primer problema jurídico importante que debíamos tratar”.

“Los otros problemas importantes son los de adquisición de bienes, los patrimoniales, de conclusión de contrato, de responsabilidad. Intenté no dar, ni menos pontificar una solución, porque me parece un poco pedante pretender que uno va a dar la solución a los grandes problemas de la Inteligencia Artificial. Preferí intentar dar mi visión, las soluciones que otros postulan, mi visión sobre estas potenciales, pero siempre sin cerrar los temas, dejando un margen para el pensamiento, porque en el fondo las soluciones reales se van a dar en un tiempo más. Mi idea es dar pistas, poner los temas”, cuenta sobre su objetivo final.

“El tercer capítulo del libro trata sobre la profesión de abogado y un poco los futuros posibles que plantea la inteligencia artificial, la profesión de abogado se va a ver profundamente afectada por la inteligencia artificial, va a tener consecuencia. Ya están los smart contracts, ya se están probando jueces algorítmicos, en distintos lugares, viene el proyecto de Estonia, que todavía está en formación, pero probablemente va a ser muy relevante”.

“Nosotros tenemos que pensar básicamente ¿cuál va a ser la misión de los abogados y de los juristas en general en un mundo donde buena parte del Derecho va a pasar por operaciones algorítmicas? ¿cuál va a ser la educación jurídica que deberíamos dar a los estudiantes? ¿qué deberían aprender? ¿deben aprender a programar o más humanidades?”, finaliza su café mientras cita la problemática del rol del abogado del futuro.

Volver al futuro

Para entender la visión del mundo tradicional y el futuro que plantea Carlos Amunategui, es decir, para poder viajar en su máquina del tiempo, habrá que partir leyendo el libro, no obstante, ya apurado por el examen que debe tomar cierra la entrevista con alguna de sus ideas principales.

“Las tecnologías son éticamente neutras, depende de lo que queramos hacer con ellas; un martillo puede servir para clavar algo o para romperle la cabeza a alguien, la IA es otra tecnología y en este sentido depende de lo que queramos hacer con ella”, concluye.

“Depende de qué queremos, qué mundo queremos y cómo queremos construirlo. Se podría construir un derecho penal de autor, algo que ya se está haciendo en algunos lugares como China, donde ya hay gente arrestada preventivamente porque eventualmente podría cometer un delito, podríamos copiarle a los chinos o utilizar estos recursos para solucionar problemas relevantes para la humanidad, para mejorar la vida de todos, terminar con cosas como enfermedades crónicas, el hambre, problemas medioambientales”, se cuestiona.

“Yo en particular tiendo a ser un poco pesimista, tiendo a pensar que la IA, puesto que depende de los datos que almacenes; si tienes una gran cantidad de datos, aunque tengas un algoritmo poco elegante, incluso mal construido, vas a tener buenos resultados; si tienes pocos datos aunque tu algoritmo sea perfecto tendrás malos resultados; como depende de la cantidad de datos que logres cosechar, son las compañías que los acumulan las que van a dominar los mercados y tendrán el control de la tecnología”.

“En este sentido, la IA tiende hacia una suerte de oligopolio natural; si concentras demasiado poder en pocas manos también terminarás concentrando el ingreso en unos pocos, si el ingreso se concentra más podrías tener una crisis de gobernanza; si lo tenemos a nivel global esto es más peligroso aún”, concluye algo desesperanzado, antes de la sesión de fotos que acompañan la entrevista y previo a caminar al examen.

Quizás, viajar en el tiempo a estudiar el imperio romano no sea tan inviable. Tenemos la máquina y el itinerario del viaje. Las respuestas, inconclusas. ¡A leer!

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