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Editorial

Nosotros versus ellos

“No se trata de qué está permitido, prohibido o estamos obligados a hacer, sino de cómo llegamos a donde queremos llegar”

24 Octubre, 2017 Comparte en:
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Todavía escucho a abogados que hablan de “ellos” y “nosotros”, refiriéndose a otras profesiones —normalmente ingenieros, muchas veces gerentes, usualmente hombres— en contraposición a nosotros. Los abogados, obvio. Nosotros.

¿Por qué pasan las décadas, nos cambiamos ya de siglo, y sin embargo abogados educados y capaces continúan generando esa distancia con otros profesionales?

Podría escribir respecto de los profesores, periodistas, médicos o sociólogos, pero no: esta vez enumeraré las virtudes de trabajar o tener de interlocutor a ingenieros.

Primero, la vida, para ellos, es un sinnúmero de oportunidades. No se trata de qué está permitido, prohibido o estamos obligados a hacer, sino de cómo llegamos a donde queremos llegar.

Y para eso habrá que ajustarse a las herramientas que provea la ley, pero sin estar determinados por la ley. La ley es el marco dentro del cual deben desarrollar su trabajo, pero si ese marco es como el domo de una discoteque o si es del tamaño de un escudo energético que puede proteger al planeta, eso depende de la voluntad. De la autonomía de la voluntad. De la capacidad de hacer acuerdos, alianzas y mirar lejos.

Esa misma visión hace que sean extremadamente creativos: se cierra la puerta principal y tienen preparada la de la cocina. Si no sirve, entonces transforman una ventana en puerta ventana corredera. Si tampoco sirve, harán una salida subterránea, una escalera al techo o un hoyo en la pared. La frase “no se puede” no tiene mucho sentido para ellos.

Hace algunos meses un ingeniero me confidenció que ya desde hace algún tiempo, en la empresa donde es socio los vales de almuerzo no tenían un valor que realmente cubriera el costo de una comida en las cercanías de la oficina, y que eso estaba generando una cierta tensión entre los empleados. Pero no había más plata para ese ítem.

“Qué harías tú”, me preguntó, y yo comencé a tartamudear soluciones de tipo comunicacional, valórico, incluso históricas, hasta que frente a mi incapacidad fui interrumpida: “Lo que a mí me habría gustado es que quienes tienen la responsabilidad de este tema busquen cómo solucionar el problema de una vez. Por ejemplo, qué cuesta ir a conversar con el boliche de la esquina y decirle ‘cuánto me cobras por darle almuerzo a 80 personas, de lunes a viernes’ o ‘qué me ofreces por esta plata mensual para alimentar a 80 personas’ y así el restorancito de la esquina se convierte en una especie de casino externo, que cubre la totalidad del almuerzo y la gente no tiene que pagar extra”.

Volvamos a la enumeración. Contrariamente a lo que se piensa en los círculos jurídicos, el ingeniero no es cuadrado y tiene una excelente capacidad para ver gamas de grises. ¿Está dispuesto a tomar decisiones de negocio que no sean las óptimas en temas de riesgo y responsabilidad civil?

Cuando comencé mi carrera en el ámbito de la contratación, en una empresa chilena de desarrollo de software, era usual que subiera las escaleras hasta la oficina del gerente general con un alto de contratos en los brazos, respecto de los cuales había que tomar decisiones: ¿aceptábamos entregar más horas hombre para mejoras, estábamos dispuestos a ampliar una garantía de corrección de errores, podíamos aceptar una terminación anticipada, entregábamos una boleta de garantía que no se había exigido en un primer momento, subíamos nuestro límite de indemnización por daños? Muchas interrogantes no eran estrictamente jurídicas, sino de negocio; había que tomar decisiones que implicaban abrir flancos de riesgo, que podían significar perder plata o bajar el margen de utilidades de un proyecto. Y esas decisiones debían plasmarse de la mejor manera en un contrato, provocando efectos jurídicos, derechos y obligaciones.

La invariable pregunta era: “¿Cuál es el precio?”. Tras un par de veces de ponerme colorada, lo primero que me aprendía era el precio global, el precio de las licencias, el precio de los servicios, el precio de las horas hombre, el precio de los contratos asociados, los SLA y el precio de las multas, y las vigencias.

Mientras le respondía, casi podía ver las conexiones neuronales que hacía en segundos, formulando ecuaciones: metía el tamaño del cliente, si había historia con ese cliente, si había futuro con ese cliente; metía casos similares, el precio, el plazo para pagar ese precio, las probabilidades de atrasos por parte nuestra, la posibilidad de que nos cambiaran el interlocutor, el valor del dolar, el valor de la UF, los flujos de caja… y de todo eso salía la respuesta para cada uno de mis contratos.

Sin tocar ciertos estándares intransables, todo lo demás podía ser negociado. Acordado. Convenido.

La formación matemática y económica de los ingenieros es un excelente complemento de la visión jurídica y de compliance que tienen los abogados. Ambos, unidos, nos enfrentamos de una manera mucho más integral a la creación de un negocio o a la solución de un conflicto, que si operamos por separado. Ganamos todos.

 
Sofía Martin Leyton
Directora
Idealex.press
@Idealex_press

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