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Editorial

Descansa, Olga Feliú

“Cuando me publicaron mi primer reportaje, un domingo en El Mercurio, recibí un correo tuyo de felicitaciones. Cuando te eligieron presidenta del Colegio de Abogados, te envié un ramo de flores a tu oficina…”

25 Junio, 2017 Comparte en:
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Querida Olga:

Te escribo esta carta sin derecho a hacerlo. Tu muerte será llorada por tu familia y por todos los que fueron una parte importante de tu vida. Yo no lo fui.

Y sin embargo tú fuiste un hito para mí. Hoy formas parte de mis amores no correspondidos; esos por los que uno pelea, se esfuerza, sufre… y no logra nada. Porque no estaban destinados a ser.

Me aceptaste en tu oficina cuando renuncié a mi trabajo anterior, porque no soporto vivir al ritmo de un compás sin una montaña que escalar. Tú eras la montaña y me propuse sorprenderte. No lo hice. No al menos de la manera en que ambas hubiéramos querido. Tú eras educada y política; yo era una salvaje.

Tú sabías quién era quién y navegabas por los ríos y mares del poder, gracias al viento, a las galeras o a turbinas de última generación. Yo no conocía otro mundo que el de mirar a los ojos y decir lo que pensaba, pecado imperdonable para un abogado.

Habían pasado pocas semanas y me llamaste a tu oficina: salí de ahí llorando. ¿La falta? Hablar directamente con un cliente, haber ido incluso a una reunión y no habértelo informado. Viniendo del mundo privado, mi ética era ser lo más autónoma y eficiente posible. “Ésta es una monarquía y aquí no se hace nada sin que yo lo apruebe”, me dijiste. “Puedo adaptarme”, murmuré con la voz quebrada. “No, esto no va a funcionar”, respondiste, sabia.

Y así me convertí en una receptora de encargos puntuales. Así pasé de un segundo a otro a tratarte de usted. Así murió la ilusión de que fueras mi mentora, de aprender a ser una mejor abogada gracias a ti y darte lo mejor de mí. Habría trabajado 18 horas diarias por sentir que estabas orgullosa de tenerme a tu lado. Con el tiempo supe que no era sólo mi candidez; era más bien tu naturaleza. No estaba en ti tener hijos intelectuales.

Querías sumisión total, Olga, y mi alma salvaje no era capaz de tolerarlo.

Hoy releí el correo que te mandé en mayo de 2006, diciéndote que me iba a trabajar contigo. Hoy recordé cómo me fueron a recoger del suelo cuando creíste que te quería robar un cliente. Hoy se me llenan los ojos de lágrimas cuando recuerdo cómo se te llenaron a ti porque te dije que tus cremas de verduras me recordaban mi infancia.

Si me hubieras dado el lugar que yo quería tener a tu lado, hoy no sería quien soy. No te habría dejado para estudiar periodismo y no tendría este espacio para escribirte desde el alma, tal como reprobarías por ser totalmente inadecuado.

Cuando me publicaron mi primer reportaje, un domingo en El Mercurio, recibí un correo tuyo de felicitaciones. Cuando te eligieron presidenta del Colegio de Abogados, te envié un ramo de flores a tu oficina.

Quisiera creer que por algunos instantes fui objeto de tu aprecio, pero eso da lo mismo. Lo importante es que te conocí, que compartimos algo de nuestras vidas, que con dolor y con alegrías aprendí mucho de ti.

Hoy te lloro, Olga, sabiendo que no tengo derecho a hacerlo.

 

Sofía Martin Leyton
Directora
Idealex.press
@Idealex_press

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  • Claudio Leiva

    Las lágrimas todavía humectan las mejillas; el dolor sigue punzante. Ya habrá tiempo -dice la historia, imperturbable-, para evaluar las luces y sombras de la señora Feliú.