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Editorial

¿Contratarías a un abogado valiente?

“Ese abogado es impulsivo y lo que caracteriza a nuestra profesión es la reflexión. Te puedo responder sin dudar, que yo no lo contrataría…”

30 Marzo, 2019 Comparte en:

Hay ocasiones en que cuando una manada de búfalos se da cuenta de que leones han atacado a uno de ellos, se reúnen, se organizan en línea o en círculo y vuelven a rescatar al herido o, si ya murió, a expulsar a los atacantes. Es tanta su determinación, en un instinto que pareciera devenir en autoconciencia de su fortaleza, que los depredadores no tienen más opción que huir. ¿Hay bajas? Sí, a veces. ¿Es permanente la paz? No.

Vámonos a los humanos ¿Qué le pasa a nuestra desarrollada, organizada sociedad moderna, que en un cómodo “no es mi problema” o “esto es pan de cada día”, aletargada entre la desidia, la resignación y el miedo, permite que los delincuentes se adueñen de nuestras calles, de nuestras instituciones y de nuestra vida?

La primera semana de marzo, un reconocido abogado peruano me comentó que consideraba muy valiente a una abogada a la que no conocía bien personalmente. Una semana después, la misma abogada caminaba por las calles aledañas al terminal de buses de Valparaíso.

Había cobrado un cheque y caminaba a otro banco con la cartera en el hombro izquierdo llena de billetes (ahorrémonos los detalles del porqué), para ir a depositarlos a dos cuadras. Otro detalle: de su hombro derecho colgaba una mochila de género donde tenía su preciado Mac.

Quien haya caminado por ese bellísimo lugar, sabe que hay manzanas y manzanas cuyas veredas están llenas de vendedores de frutas, verduras y de comercio informal de todo tipo de productos. Entre banco y banco compró dos matas gigantes de albahaca, que llevaba en la mano. A media cuadra, una vendedora de cebollas con su sonrisa desdentada, alabó el perfume y le pidió unas hojas, que luego guardó en su brassier.

Al cruzar la calle para llegar al segundo banco, ya a pocos metros, vio una pareja de unos 30 años, mujer y hombre, altos, delgados y rubios, con sus mochilas, paseando con inocente caminar, cuando dos chilenos se acercaban por atrás, dudaron, se alejaron y volvieron a la carga, directo a abrir la mochila de la turista.

La reacción fue inmediata y la cartera llena de billetes con su Mac gritaron con voz militar “HEEY”; los gringos se dieron vuelta, no vieron nada que les llamara la atención y continuaron su pacífico andar.

¿Valiente o negligente? Mientras los extranjeros se alejaban, uno de los ladrones increpaba a la abogada y su racimo de albahaca con un par de insultos y preguntándole si quería que le robaran a ella, pero ya caminando rápidamente en dirección contraria.

No tranquila con su actuar —y lo que al contarles la historia, algunos han llamado impulsividad y exposición al peligro— la abogada se devolvió media cuadra para advertirles a las casi víctimas lo que les había ocurrido, que estuvieran alerta y que se pusieran la mochila al frente, lo que hicieron al instante.

Ignoremos la falta de policía uniformada, porque necesita un ensayo o un reportaje y reflexionemos sobre la arista profesional.

La pregunta se la hice a dos abogados que tienen todo mi respeto —el primero en los finales de sus 50, conservador; el segundo, de 53, liberal—, cambiando en el relato el género: ¿querrías a ese abogado en tu equipo? ¿lo contratarías?

Conservador: “Ese abogado es impulsivo y lo que caracteriza a nuestra profesión es la reflexión. Te puedo responder sin dudar, que yo no lo contrataría”. Cuidar los intereses del cliente que confía en nosotros es un deber de tal importancia, que no podría dejarse en manos de alguien que no es confiable, pues es capaz de arriesgar la propia vida frente a un sentido personal de la justicia, o lo que considera injusto, que va más allá de lo legal, que lo llevará a cometer errores graves en sus tareas profesionales, fue la línea de argumentación.

Liberal: “Yo querría a ese abogado. En esta profesión toca enfrentarse a gente muy poderosa, que actúa organizada, acudiendo a todas sus redes para ganar, sin importar cuánto daño provoquen, tomando incluso acciones de represalia personal contra los abogados de sus contrapartes. A mí sí me gustaría trabajar con ese abogado que mantiene un sentido de lo justo e injusto. La exposición al peligro es lo único que me complica. Tendría que pensarlo bien para darte una opinión sobre ese punto”.

Y la pregunta me brotó del alma: ¡¿por qué nadie pone en la balanza que el abogado evitó la comisión de un delito; que las víctimas podrían haber sido asaltadas, pero también y además, haber terminado heridas o muertas?!

El tema es complejo y me queda como poncho, porque se oponen diversos valores e incluso deberes legales con sanción penal.

Si levitamos y nos quedamos flotando arriba de nuestras ciudades, vaciamos la mente de intereses, prejuicios y miedos, y miramos a esos seres que somos todos, allá abajo, haciendo su vida ¿qué clase de abogados queremos?

Jorge Martin Andueza, padre querido, abogado, amante de mi madre y del Derecho, hoy 30 de marzo, que cumples 80 años, tu pequeñita te dedica este artículo con todo su cariño.

 
Sofía Martin Leyton
Directora
Idealex.press

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