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Editorial

Argentina y la normalización del maltrato

“…lo que terminó haciéndome olvidar la rabia particular y pasar a una colectiva. Lo peor ocurría cuando sin entender del todo mi pregunta, la mujer ¡abría su cartera o mochila!…”

11 Septiembre, 2019 Comparte en:

Sé que el título puede ser injusto e impreciso, pero este espacio es de opinión: la mía. Y como me decía hace unas horas uno de mis mejores amigos, “lo importante, Chica, no es la foto, sino el contexto”.

“Lo relevante —argumentaba— es saber por qué Argentina llegó a eso”, además de no verle nada grave a la anécdota.

Lo que me interesa, contraargumentaba yo (bendita tecnología gratis, aunque tenga puertas traseras… y ya volveremos a eso), inmersa en la foto, no es por qué Argentina llegó a esto —que no me consta que fuera distinto en el pasado, salvo porque “antes, la gente era más amable y más honesta”—, sino por qué Chile salió de aquello, aunque tenga un costo económico que termina distribuyéndose entre todos. Todos y todas.

Y no es que Chile sea mejor que los vecinos. Basta que cualquiera dé un paseo por Google y buscando noticias de medios serios leerá sobre los miles de niños que han muerto bajo la protección del Estado, sobre corrupción, tráfico de influencias, pérdida de credibilidad del ciudadano hacia las instituciones, el manejo indigno que se le ha dado al fenómeno migratorio, una desgracia de pensiones de retiro, los guetos de pobreza, el narcotráfico que se adueña de calles y barrios (y pareciera haber infectando esferas organizacionales con poder), además de llevar la delantera en el aumento de contagio de VIH.

Pero mientras mantengamos la capacidad de sorprendernos y de indignarnos, mientras se siga armando escándalo y se tomen medidas, convenientes para unos más que para otros, reactivas en vez de reflexivas, creando problemas nuevos por falta de análisis y abundancia de ideologías, como sea, mientras el concepto de ilegal e inconcebible nos cause un shock eléctrico, voy a seguir creyendo que tengo la razón y que no me he convertido en la esposa golpeada que no sabe, no puede, el cansancio y el miedo no le permiten salir de ahí.

El cuento es así. La próxima semana es el congreso anual de la International Association of Prosecutors, que en su versión 2019 tiene como sede Buenos Aires. Llegué hoy. Ya instalada, partí a una ferretería a comprar un adaptador para poder cargar mi laptop y mi celular; a una distribuidora de azúcar y colesterol, golosinas para la descendencia adolescente; y al supermercado, alimentos para el alma y lo que la rodea.

Supermercado Coto, barrio norte, en mi espalda una bolsa de género de la Deutsche Welle (DW) que dice Fuerza Latina, 11 productos equilibrándose entre mis brazos, paso por caja, dejo todo encima, me arrepiento de algo que no compraré, me descuelgo de un hombro la mochila, saco la tarjeta de crédito, me piden documento de identificación, lo entrego, y la voz suave de la cajera que casi inaudible dice algo que mi cerebro procesa primero y me veo respondiendo “llama a un guardia”.

Tras ello, como yo, el consciente, el corpóreo, la mezcla del todo, aún no comprendo lo que la chica me ha pedido, le reitero “qué me dijiste”, con voz gélida. A mis ojos que emiten readioactividad, le responden unos ojos tímidos acompañados de una voz dulce que me pide eso que ahora sí soy capaz de entender: si le podría mostrar el contenido de mi bolso. Mi respuesta sigue siendo “llama a un guardia”, ella me extiende el recibo del POS, firma + suRut, saco otra mochila de género en la que guardo mi compra, camino 3 pasos y pido el libro de reclamos.

Lo que sigue es previsible y si no, imaginable. La explicación “es que es política de la empresa” no me trae paz; la explicación de que se hace con toda la gente que anda con mochila me parece discriminatoria; y cuando lo hago ver, el discurso se amplía a que es una política constante, que se aplica a todos por igual, sea que anden con una bolsa de género desteñida en la espalda o con un bolso/bolsa/cartera/purse topísimos. Pero en un escuálido y artesanal estudio cualitativo que conduzco durante los siguientes 30 minutos, haciéndoles preguntas a mujeres de todas las edades, a medida que van pasando por las cajas, aparecen hallazgos: 1) los sesgos cognitivos que tanto preocupan a los que siguen el día a día del desarrollo de la inteligencia artificial, efectivamente han operado en mi contra en este caso, a menos que la política de la empresa dicte un control aleatorio; 2) valdría la pena ampliar el estudio para que abarque cuánto creemos que estamos dispuestos a ceder en dignidad y derechos para tener seguridad: el siempre resucitado dilema entre justicia y certeza jurídica; y 3) bueno, en tercer lugar tenemos lo que titula esta extensa columna y que dejaremos como cierre.

Porque hoy a mí no me parece normal. Porque así como hace 20 años a los abogados que trabajaban en estudios jurídicos en Chile no se les hacía un contrato de trabajo y hoy sí; así como a las trabajadoras de casa particular no se les pagaban cotizaciones previsionales y su ingreso mínimo era inferior al de todo el mundo, y hoy no; así como existían hijos legítimos, naturales y simplemente ilegítimos, con derechos hereditarios distintos, y hoy se distingue entre matrimoniales y no matrimoniales, pero al menos todos heredan por igual; así era también en los supermercados chilenos hace 2 décadas, cuando incluso encerraban a la gente por horas si existía la sospecha de que que había sustraído productos.

Pero algo cambió y escribir esto con la urgencia del ahora no me permite reportear para entregarles los hechos y datos que gatillaron el cambio. En los últimos 20 años la vida de los chilenos se judicializó, se administrativizó y se constitucionalizó. Lo que a nadie le importaba y, aunque quizás reprobable, era lo que siempre se había hecho y razones habría, hoy se examina con lupa.

Entre muchos otros cambios, las asociaciones de consumidores pasaron a ser un actor relevante en la sociedad, el Servicio Nacional del Consumidor se convirtió en un integrante de la familia, junto a la Fiscalía Nacional Económica y al Tribunal de Defensa de la Libre Competencia. Puede que las siglas sean difíciles de recordar o pronunciar, pero el ciudadano común y corriente, sin importar su nivel educacional, sabe que tiene derechos y que si insiste, persevera y toca la puerta correcta, habrá consecuencias.

¿Y entonces qué? No tengo las cifras de Perú, pero en Chile, México y Colombia los estudios de cámaras de comercio y empresas de servicios de seguridad muestran que las pérdidas por el robo hormiga (que no es robo, sino hurto) se cuentan en cientos de millones de dólares cada año. Y, como siempre, si el seguro de una actividad económica sube su prima porque el riesgo es muy alto, entonces el precio de lo que comercializa esa industria se ajusta para absorber ese costo. Y aún así sigo prefiriendo que no me pregunten si puedo abrir mi cartera.

Lo que vi en la improvisada encuesta donde todos me respondían a la pregunta “Hola, ¿te pidieron abrir tu cartera por si te habías robado algo? era que algunas de las consultadas contestaban “a mí no, pero sé que sí, a veces lo hacen” o “es que es política de Coto”, lo que terminó haciéndome olvidar la rabia particular y pasar a una colectiva. Lo peor ocurría cuando sin entender del todo mi pregunta, la mujer ¡abría su cartera o mochila!, a mí, me mostraba su intimidad, aunque esta interlocutora fuera una completa desconocida.

Ayer almorcé con un profesor de derecho privado, doctor en Derecho en Francia, investigador, que viaja por todo el mundo dando clases y exponiendo en seminarios. Y no me compraba mucho esto de que yo quisiera con tanto ahínco estudiar al sujeto abogado, la evolución del Derecho desde otra óptica… que a él lo aburriría, porque no es Derecho duro. No quiero convencer a nadie, porque la realidad está ahí, frente a nosotros todo el santo día.

¿Cuándo en Perú van a dejar de retener el DNI para ingresar a un edificio pituco? ¿Cuándo en Argentina van a dejar de pedirle a las mujeres que abran su cartera para que el funcionario del supermercado se quede relativamente tranquilo de que el cliente no ha robado nada? ¿No sabrá que los mecheros de verdad guardan sus robos dentro de su ropa y en los coches de sus hijos? ¿Y un buen control con cámaras? ¿Y un empoderamiento que evite estos hurtos? (Yo estoy dispuesta a ceder mi libertad en la tienda, siempre que la info que capturen no sea usada para armar un perfil y tratar de venderme cosas). ¿Y que le pongan una cinta adhesiva a los bolsos que sean tipo mochila y también a las carteras muy grandes?

Finalmente y para cerrar, vi a un joven de unos 20 años, que iba a compañado de un amigo, que pagó por su botella de Coca Cola y algo más, y al ir a meterlos dentro de su mochila, se le pidió que la mostrara, lo cual hizo.

Y ahí estaba la encuestadora que le dijo hola, soy abogada, periodista y extranjera, y yo quiero saber por qué si te piden que muestres tus pertenencias, tú estás dispuesto a hacerlo, aunque no corresponda. Las respuestas de él y su amigo más o menos fueron: “es política de la empresa”, “siempre lo hacen”…y mientras tanto, yo sentía los balidos con acento de un rebaño de consumidores.

Pero de pronto vino la honestidad, esa que llevará a cambios: “Coto siempre hace lo mismo, la última vez, en otra parte, me rompieron las pelotas, vengo de estudiar, estoy cansado, quiero irme a mi casa, no quiero pelear”.

Ese joven ciudadano es una muestra de un grupo mucho más amplio, cuyo cansancio le impide, aunque se sabe abusado, hacer algo para que eso no siga ocurriendo. Ese ciudadano está solo y necesita un mecanismo que lo iguale en jerarquía con el abusador.

 
Sofía Martin Leyton
Presunta eventual fardera o mechera
Directora de Idealex.press

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