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Columnas

Mirando al abismo: Posverdad y Derecho

“Pensemos, por ejemplo, en la idea de que la ‘verdad procesal’ no equivale necesariamente a la ‘verdad real’ (…). ¿Cómo explicar aquella gran posverdad que establece que la ley, una vez promulgada, se entenderá conocida por todos?…”

7 Febrero, 2017 Comparte en:
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Joaquín Reyes Barros
Joaquín Reyes Barros

Cuando en 1927 el famoso jurista alemán, Hans Kelsen, se preguntó si acaso hay alguna verdad detrás del Derecho, su respuesta fue estremecedora: “El problema del derecho natural es el eterno problema sobre qué se encuentra detrás del derecho positivo. Y quien busque la respuesta encontrará, me temo, no la verdad absoluta de la metafísica ni la justicia absoluta del derecho natural. Quien levante el velo sin cerrar los ojos, encontrará la mirada de la Gorgona del poder”.

En la mitología griega, la Gorgona era un monstruo femenino con serpientes en lugar de cabellos, dotado de un poder tan grande que quien osara mirarla a los ojos quedaba convertido en piedra. Si Kelsen tiene razón, entonces detrás del derecho no hay verdad alguna, sólo poder.

De ahí que cuando el año recién pasado el Diccionario Oxford eligió el término “posverdad” (post-truth) como la “Palabra del Año”, lo único que podría haberle llamado la atención a un abogado es por qué no fue elegida como la “Palabra del Siglo”. Y es que, a pesar de ser un neologismo, lo que intenta expresar no es nada nuevo, al menos en el mundo del Derecho.

Según el diccionario, “posverdad” es un término “relativo a circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y la creencia personal”. Aunque su uso se popularizó en el contexto político (Brexit en Reino Unido y Trump en EE.UU.), el nombre de “posverdad” puede ser aplicado en casi cualquier contexto para el cual la verdad sea irrelevante.

Así, aplicado al Derecho, la posverdad se manifiesta en la irrelevancia de la verdad para la formación y aplicación del ordenamiento jurídico.

Por supuesto, no fue Kelsen quien separó verdad y Derecho. En cierto sentido, el Derecho siempre ha tenido su dosis de posverdad. Pensemos, por ejemplo, en la idea de que la “verdad procesal” no equivale necesariamente a la “verdad real”. Los litigantes no están obligados a contarle toda la verdad al juez (que no es lo mismo que mentir), y los jueces tampoco están obligados a usar todos los medios posibles para llegar a la verdad del caso.

Es más, puede que el juez sepa que está condenando a un inocente, pero, con los medios procesales a su disposición, no tenga nada más que hacer que condenarlo.

Lo mismo ocurre en otras instituciones jurídicas. ¿Cómo explicar aquella gran posverdad que establece que la ley, una vez promulgada, “se entenderá conocida de todos”? ¿Qué persona, más aún, qué jurista en el mundo conoce todas las leyes vigentes de su país? En Chile ya vamos en la 20.995, y me sorprendería mucho que alguien supiera tan solo los títulos de cada una de ellas. No sabemos lo que dicen, pero, claro, estamos obligados a cumplirlas todas. Por supuesto, de no ser así el Derecho no funciona. Nadie puede estar obligado a cumplir una ley que no conoce.

Pero, ¿no es esto muestra de la fragilidad del ordenamiento jurídico? ¿Acaso, fuera de la ficción, no estamos obligados de hecho a cumplir leyes que no conocemos? Es verdad que la llamada “presunción” del artículo 7° del Código Civil no equivale a una mentira. El punto es que, para efectos de la ley, que sea verdad o no que laley sea de hecho conocida por todos carece en absoluto de relevancia. Y eso es lo propio de la posverdad.

No es que sea algo malo. Que en grandes áreas del Derecho la verdad sea irrelevante, no significa que no haya ninguna verdad relevante para el Derecho. El problema viene con la modernidad y su intento de separación absoluta y radical entre verdad y Derecho. En otras palabras: una cosa es que la posverdad esté presente en el Derecho, y otra cosa es que el Derecho se convierta en “derecho de la posverdad”.

La idea de un “derecho de la posverdad” es seductora, pero peligrosa. En efecto, ¿cómo domar a la Gorgona del Poder sin una Verdad superior al poder? Una respuesta ha sido dotar a cada individuo con “derechos” inviolables que incluso el Estado debe respetar. Pero esto no resuelve el problema. Más bien, lo multiplica: si esos derechos no responden a una verdad previa al Derecho, entonces es posible en teoría convertir cualquier deseo u opinión personal en una realidad que debe ser protegida jurídicamente. Y así, el “derecho de la posverdad” ya no tiene que luchar, como Kelsen, contra una Gorgona del Poder, sino contra miles y millones: ya no sólo el Estado, sino que cada individuo se considera soberano absoluto, dotado de un poder que no reconoce límites intrínsecos.

Las consecuencias de la posverdad en el Derecho no son sólo teóricas, y los abogados mismos, llamados a hacer respetar la ley y así poner límites al poder, pueden verse seducidos por la omnipotencia que se sigue de considerar que no hay verdad a la que uno deba responder.

El litigante que entrega información innecesaria para confundir al juez (como todo litigante sabe, la mejor manera de ocultar información es revelar absolutamente todo…), el abogado corporativo que ayuda a su cliente a crear una sociedad ficticia para pagar menos impuestos, o el socio que aparenta ante un potencial cliente “tener mucha experiencia en este tipo de casos”, todos ejercen a su manera el “derecho de la posverdad”.

¿Mienten? No necesariamente. Pero la verdad se hace irrelevante, dejando la puerta abierta a otros intereses que ocupen su antiguo lugar de honor.

La línea entre la “posverdad” en el Derecho y el “derecho de la posverdad” es delgada, y muchas veces difícil de trazar. El peligro es, como vio Kelsen, quedar atrapado por la Gorgona del Poder. Pero Kelsen se equivocó al pensar que la mirada de la Gorgona nos convertiría en piedras. Lo que hace, más bien, es convertirnos en monstruos tan insaciables de poder como ella misma.

El abogado que desea luchar por la verdad utilizando las armas de la posverdad debe ser consciente de este peligro.

Vale recordar la profética advertencia de Nietzsche: “Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Y si miras largo tiempo al abismo, el abismo terminará por mirar dentro de ti”.

 

* Joaquín Reyes Barros es abogado y Licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Chile. Ha sido profesor de Fundamentos Filosóficos del Derecho y de Derecho Civil en la UC, y de Teoría del Derecho en la U. del Desarrollo. Actualmente cursa un LLM en Historia y Filosofía del Derecho en la Universidad de Edimburgo (Escocia).

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