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Columnas

La rentabilidad es el enemigo de los negocios

“Reflexionemos seriamente si acaso el afán por la rentabilidad no nos está llevando a adoptar medidas que tarde o temprano terminarán minando o hiriendo de muerte a nuestras empresas. Pensemos en todos nuestros clientes”.

8 Abril, 2019 Comparte en:
Alejandro Arrieta

Creer que el fin de la empresa es maximizar la rentabilidad a toda costa, es una perversión. Nada corrompe más que la búsqueda del éxito medido en términos de rentabilidad de corto plazo, de cierre trimestral estelar o del resultado anual que marca récord.

La rentabilidad no mantiene los negocios abiertos. El cliente lo hace.

La estrategia para maximizar la rentabilidad pueden ser directamente inversa a la que se requiere para cuidar de ese cliente, para preservar la solidez y sostenibilidad del negocio, entregar resultados superiores y generar beneficios duraderos para los accionistas y grupos de interés.

Ese cliente que mantiene abierto y en marcha el negocio no solo es externo sino también interno.

Del primero se habla mucho, del segundo poco. Y menos de su relación con la rentabilidad del negocio. Por eso cuando se dice que al cliente no solo le importa el qué haces sino especialmente el cómo lo haces, es necesario ser consientes de que el uso del vocablo “cliente” debe entenderse en un sentido amplio y profundo.

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Ni los activos ni el dinero de la empresa hacen nada por sí solos. Son las personas quienes entregan productos y servicios remarcables. Y esos trabajadores no son indiferentes a la integridad de la conducción de las empresas, al cómo operan y se relacionan con su entorno y menos frente a las actitudes hacia los propios empleados.

Siempre hemos escuchado decir que nadie es imprescindible. Pero esa afirmación no solo es inútil y cortoplacista, sino falsa. Inútil, porque bajo la misma lógica nada es imprescindible (nuestra empresa, la tierra, la vía láctea) y eso nos lleva a un punto muerto, sin respuesta.

Cortoplacista, porque solo una visión de alcance muy limitado (hasta la punta de la nariz probablemente) puede sostener que el cambio de (a) por (b) o la mera supresión de (a) no afecta el negocio.

Y falsa, porque hay gente que sí marca la diferencia y es mezquino desconocer la trascedencia de sus aportes, creyendo que cualquier mejor acartonado o experimentado lo hará de forma igual o superior.

En toda organización, la cultura, aquello que más cuesta construir por años, reside en las personas. Cuando se van las personas, se va la cultura.

Jim Collins recuerda en su libro Good To Great que el adagio que dice que “la gente es tu activo más importante” requiere ser reformulado como “la gente ‘correcta’ es tu activo más importante” (“People are not your most important asset. The ‘right’ people are”).

Reflexionemos seriamente si acaso el afán por la rentabilidad no nos está llevando a adoptar medidas que tarde o temprano terminarán minando o hiriendo de muerte a nuestras empresas. Pensemos en todos nuestros clientes.

 
* Alejandro Arrieta Pongo es Gerente Legal, de Asuntos Corporativos y Cumplimiento de Camposol para sus divisiones agrícola, acuícola y comercial. Estudió Derecho en la Universidad de Piura y ha trabajado en prestigiosas firmas legales en Perú.

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