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Abstención en votaciones: Brexit, paz en Colombia y alcaldías en Chile

“La abstención genera problemas graves si salen elegidas las opciones que se fortalecen en el odio y el temor a lo diferente, a la vez que ahonda el distanciamiento entre el mundo político y la sociedad…”

25 Octubre, 2016 Comparte en:
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abstenciónG.V.R.
Gregorio Valdés Riesco

La abstención es una de las claves de nuestro tiempo. No soy experto en el tema electoral pero una sencilla mirada a lo que está pasando en las muchas democracias mundiales, Brexit, el No al acuerdo de paz en Colombia, los esfuerzos hacia la movilización y engatusamiento del electorado, las explicaciones inverosímiles de muchos perdedores, la tristeza de muchos que no votaron por el resultado final y la euforia de algunos “victoriosos” dan mucho que pensar acerca de la necesidad de mejorar la participación.

La abstención, como bien oí en la radio a Alfredo Jocelyn-Holt, es una representación del individualismo en la masa; el voto es individual y el no participar es comodidad más que protesta colectiva. El que no vota no ve beneficio alguno contra el costo (lata, pereza) de perder algo de tiempo dándose la lata de pensar en quien votar, de asistir al lugar de votación y de hacer cola ya que está seguro que quien salga elegido no significará diferencia alguna para su vida.

Sin embargo, la abstención genera problemas graves si salen elegidas las opciones que se fortalecen en el odio y el temor a lo diferente, a la vez que ahonda el distanciamiento entre el mundo político y la sociedad.

Ya que estamos en época post-lectoral me gustaría proponer un cambio pequeño en la ley que considero mejoraría bastante la participación y asimismo, al meter más gente en el sistema, probablemente mejore la calidad de nuestra política.

Propongo que el 90% de los vocales de mesa sean elegidos entre gente que no participó en la elección anterior, si la abstención supera el 50% del electorado; y disminuya progresivamente hasta el 50%, si la abstención es inferior al 25% o el 30%. El único riesgo es que alguien esté motivado a abstenerse por la posibilidad de recibir el pago de 0,66 UF. Para reducirlo se le puede descontar, por ejemplo, un 50% si no votó la elección anterior y endurecer un poco las penas por ausencia injustificada de un vocal de mesa.

La idea no es volver a la obligatoriedad del voto, sino premiar la participación y, aunque suene paternalista, penalizar la abstención en cierta manera. Nadie pretende obligar a nadie a votar ni debería considerarse un castigo el tener mayor riesgo de ir a ayudar a la sociedad por un día. Creo que algo en esta línea puede mejorar bastante la participación y la calidad de la democracia.

La otra medida importante y urgente para hacer menos costoso el proceso es facilitar la votación por medios electrónicos, pero ello no es el tema de esta columna.

* Gregorio Valdés Riesco es bachiller de la Universidad Católica; Economía U. de Granada; Master en Marketing ESIC, España.

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