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Literatura

Qiu Xiaolong: “Cuando el rojo es negro”

“Yu, al que acaban de denegar la posibilidad de mudarse a un mejor apartamento y dejar el humilde shikumen en el que vive con familia, se zambulle en el vecindario donde Yin Lige pasó sus últimas horas…”

19 Diciembre, 2016 Comparte en:
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Qiu XiaolongArturo Ferrari
Arturo Ferrari

No poca fue la sorpresa de un amigo editor de una conocida revista de negocios cuando en una oportunidad le comenté que últimamente acostumbraba a comprar libros en los supermercados. Aunque muy alejados de la parsimonia y escenografía que ofrece una buena librería, en algunas oportunidades he encontrado títulos que quizá en un ambiente más “culto” podían pasar desapercibidos. Este fue el caso del escritor chino Qiu Xiaolong y su novela “Cuando el rojo es negro”. Una rápida revisión en Internet de su historial literario, una práctica que acabo de asumir para disimular mi ignorancia cada vez que me acerco a una obra o autor del que tengo nula información, me permitió percatarme de que estaba ante uno de los escritores actuales más importante de la novela negra (o también roja o amarilla, lo que dependerá de dónde nos encontremos).

Qiu Xiaolong nació en Shanghai, pero reside en St. Louis, Missouri (EE.UU.). Según el suplemento El Cultural del diario El Mundo de España, Qiu Xiaolong “despliega (…) un mapa social, crítico y moral de la paradójica China actual, con su singular combinación de socialismo de partido único y capitalismo salvaje, y de la ciudad de Shanghai (…) una jungla de corrupción, nuevos ricos, pobres de toda la vida, intrigas políticas y crimen organizado”. Varias de sus novelas han sido censuradas en China, habiendo las autoridades traducido Shanghai como Ciudad H. También se han dado el trabajo de cambiar, aunque sin éxito ya que son fácilmente reconocibles, los nombres de calles, edificios y lugares.

El asesinato de Yin Lige desata la preocupación de las autoridades del Partido Comunista. Lige es una escritora disidente pero con un pasado de guardia roja, que vivía en una pequeña habitación ubicada en un shikumen, viviendas típicas de Shanghai que han conocido mejores tiempos y que ahora lucen tugurizadas debido a que han sido divididas en varias habitaciones por la masiva llegada de inmigrantes provenientes del campo. El crimen tiene que ser resuelto rápidamente y sin afectar la buena reputación que empieza a gozar el país en el exterior. Las investigaciones deben terminar desechando cualquier connotación política.


El inspector Chen Cao, personaje de otras novelas de Qiu Xiaolong, recibe el encargo de llevar a buen puerto esta misión. Sin embargo, delega esta tarea en el detective Yu. Chen Cao, quien también es poeta y conoce a la perfección el inglés, está muy ocupado traduciendo una propuesta para el desarrollo de un proyecto inmobiliario que está por comenzar un amigo empresario, por lo que recibirá un importante honorario que lo ayudará a solventar los gastos médicos de su madre. Yu, al que acaban de denegar la posibilidad de mudarse a un mejor apartamento y dejar el humilde shikumen en el que vive con familia, se zambulle en el vecindario donde Yin Lige pasó sus últimas horas. Escucha y conversa con la mayoría de vecinos, mientras que su esposa Peiquin, que trabaja llevando la contabilidad de un restaurante, se dedica a hurgar en el pasado literario de Yin Lige.

Luego de arrestar a un vecino de la escritora y así encontrar aparentemente una solución al misterio, para felicidad del Partido Comunista que apuradamente quería anunciar la noticia en una conferencia prensa, la terquedad de Yu por seguir indagando en la vida de Yin Lige es recompensada. La respuesta (y la identidad del asesino) la encontrará en los años transcurridos en una escuela de reeducación durante la Revolución Cultural donde mantuvo una relación sentimental con un escritor disidente.

El shikumen donde Yin Lige pasó sus últimos días es un espejo de la China actual. Allí conviven personas que han encontrado la manera de sentirse parte del milagro económico chino —no importa que sea vendiendo pasteles de cebolla en la puerta de sus casas—, y quienes tercamente siguieron al pie de la letra cada uno de los mandamientos del presidente de Mao para construir una nueva sociedad y que ahora han sido olvidados por el Estado.

El negro en la época de Mao evocaba al capitalismo, el enemigo acérrimo de la nación. En cambio, el rojo era lo bueno: el ideal al cual alcanzar. Hoy, a decir de Qiu Xiaolong, parecería que esas equivalencias se han invertido para siempre.



* Arturo Ferrari es Gerente de comunicaciones de Muñiz, Ramírez, Pérez-Taiman & Olaya Abogados, Perú.

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