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Literatura

Franz-Olivier Giesbert: La cocinera de Himmler

“‘Tras haberlo dudado mucho tiempo, terminé llegando a la conclusión de que solo la venganza podría curar mi dolor de estómago. La venganza lo cura todo’, afirma con total desenfado Rose, el personaje principal de esta historia…”

31 Enero, 2018 Comparte en:
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La cocinera de HimmlerAlfaguara
Arturo Ferrari

Según su colega Marion Van Renterghen, Franz-Olivier Giesbert (1949) decidió ser periodista únicamente para contradecir a su padre, quien desconfiaba profundamente de esta profesión.

Firma su primer artículo a la edad de 18 años para el semanario regional francés Liberté-Dimanche acerca de las elecciones presidenciales en los EE.UU., país en el que nació pero que dejó cuando era un niño para residir en Francia, nación de origen de su madre, una profesora de filosofía acostumbrada a los maltratos del padre de Giesbert, un exsoldado americano que participó durante la Segunda Guerra Mundial en el desembarco de Normandía.

En 1971, luego de realizar una pasantía en la revista Le Nouvel Observateur, pasa a integrar la redacción de este medio de filiación socialdemócrata, donde llega a ocupar la dirección. Ello no fue obstáculo para, en 1988, aterrizar en el diario conservador Le Figaro.

Traidor y periodista sin convicciones fueron algunos de los adjetivos que se le endilgaron. En 2003, asume las riendas del semanario lefigaro.fr, logrando que las ventas se multipliquen. Chistophe Barbier, jefe de L’Express, su rival en lectoría, lo considera “de lejos el mejor el director de prensa” del país. Para Philippe Villin, exvicepresidente de Figaro, Giesbert es el más brillante periodista nacido después de la Segunda Guerra, pero también “el más perverso y desleal”.

Autor de varias obras premiadas y ensayos políticos, entre los cuales destacan las biografías de tres presidentes (Mitterrand, Chirac y Sarkozy), La cocinera de Himmler es la novela más reciente de Giesbert (2013). “No es una novela policial y tampoco una de corte histórico. Pero es verdad que trata del siglo XX, todavía demasiado caliente en mi cabeza”, dijo en una conversación publicada por la editorial Gallimard. En una entrevista para El País afirmó que esta historia narra los grandes dramas ocurridos en ese siglo, donde Stalin, Hitler o Mao eran capaces de matar sin piedad.

“Tras haberlo dudado mucho tiempo, terminé llegando a la conclusión de que solo la venganza podría curar mi dolor de estómago. La venganza lo cura todo”, afirma con total desenfado Rose, el personaje principal de esta historia, unos minutos antes de proceder a realizar uno de sus tantos ajustes de cuentas. Testigo involuntario del genocidio armenio a manos de los turcos a inicios del siglo pasado, que la lleva a escapar siendo todavía una niña de la tierra donde había nacido -tema que en cuanto al número real de asesinatos y masacres suscita encendidas polémicas entre historiadores y políticos de la región-, llega en barco a Francia.

El destino no jugará a su favor. Aunque pareciera que con el tiempo ha podido reconstruir su vida y, salvo algunos episodios, podrá andar en paz, el estallido de la guerra en Europa será devastador para ella y su familia. Pero Rose preferirá no detenerse. Continuará su camino y será testigo, en primera persona, de más hechos que marcaron la historia de la humanidad en el siglo XX. Recala en la China de Mao en plena efervescencia de la Revolución Cultural y sufre, sin anestesia, la irracionalidad que afecta a quienes quieren imponer a toda costa una determinada ideología.

Rose es también una impecable cocinera. Quien en la práctica fue su madre adoptiva durante sus años de estancia en la campiña francesa supo transmitirle un bagaje de conocimientos que le resultaron imprescindibles para ejercer un oficio por el que llegó a ser altamente valorada. Pastel de berenjenas, alcachofas y gruesos langostinos con albahaca; foie gras al oporto con compota de cebollas e higos; bacalao al ajo con leche; lasaña vegetariana; tarta de manzana y suflé helado al Grand Marnier, flan de caramelo y tarta de fresa a la americana, eran algunas de las exquisiteces que formaban parte de su amplio recetario. El propio Heinrich Himmler, jefe de las SS, mano derecha de Hitler y uno de los responsables del Holocausto, a quien conoce cuando este acude a cenar a un restaurante que ella dirigía en Paris, se convirtió en uno de sus más fieles admiradores y quien la introdujo en el corazón de la Alemania nazi.

Imposible no sentir simpatía por Rose, quien en carne propia sintió la extrema maldad a la que puede llegar el ser humano. La frialdad y meticulosidad que emplea para castigar a quienes considera le hicieron un daño irreparable son algunas de las mejores partes del libro.

Giesbert asume que parte de la personalidad de Rose es suya. “¿Qué mejor manera para crear un personaje que descubrirse uno mismo?”, confesó a El País. Las “pequeñas” tragedias que declara ha vivido, como las palizas que su padre le daba a su madre y la violación que él sufrió a manos de un vecino en Normandía, apoyan fuertemente su tesis.

Aunque en sus últimas páginas la trama carece de la intensidad mostrada en la mayor parte del libro y Rose asume una actitud pacificadora que no le queda nada bien, haciendo que extrañemos a la mujer que seguimos con curiosidad y una cierta aprehensión, Giesbert logra que la empecemos a echar de menos una vez que llegamos al final de la historia.

 
* Arturo Ferrari es Gerente de comunicaciones de Muñiz, Olaya, Meléndez, Castro, Ono & Herrera Abogados.

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