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Estilo Literatura

Lucia Berlin: léela

“Si no hay plata para hacer una traducción latina y una española (…) ¡No es necesario traducirlo todo! ¡Nadie puede escribir que una alcohólica suicida firmó como “Mary la Sangrienta” y no como “Bloody Mary”!…”

3 Agosto, 2016 Comparte en:
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Sofía Martin

lucia berlinAlfaguara
A veces la forma es fondo y a veces hay que comenzar al revés.
 
La calidad de los relatos contenidos en “Manual para mujeres de la limpieza” —compilación de cuentos escritos por Lucia Berlin, editada por Alfaguara en castellano por primera vez— es indiscutible, pero la traducción socks, como dicen los gringos.
 
¿Y por qué importa? Porque uno sabe que se está perdiendo parte del banquete; porque aunque adivinemos qué quiso decir ella, sería preferible que el texto traducido se bastara a sí mismo; porque uno sufre en ciertas partes pensando en el que no habla inglés y cómo se pierde anécdotas, historias completas en dos palabras, ironías que nunca sabrá que estuvieron ahí.
 
En un país donde los libros son caros, los lectores compulsivos agradecemos los embarques del descarte español que permiten a los outlets vender libros de buena calidad a precios razonables. Y si en novelas policiales, históricas o thrillers de espionaje se cuelan unos capullos, tío, que arman tal rollo, que me cago en la leche, no importa: uno aprieta los dientes y sigue leyendo.
 
Pero si no hay plata para hacer una traducción latina y una española, esta última debiera tener un mínimo de respeto por los millones de lectores americanos en casos como éste. ¡No es necesario traducirlo todo! ¡Nadie puede escribir que una alcohólica suicida firmó como “Mary la Sangrienta” y no como “Bloody Mary”! (el cóctel con jugo de tomate, vodka y pimienta) No se hace; aunque no seas religioso, eso es pecado. Nadie puede escribir “ducha de regalos” si no existe en español y en América Latina se adoptó el término original de “Baby Shower”. Horror multiplicado.
 
Además, ¿qué cuesta escribir Notas del Traductor en forma sistemática? Siempre se agradecen; no ensucian y entregan contexto. Lucia Berlin lo merece, así como los lectores merecen asimilarla como ella asimiló el castellano mientras acompañaba a su padre en sus trabajos en minería que la tuvieron viviendo en Chile, en los años 50.
 
Eloise, Carlota, Dolores, Maria son todos nombres con los que Lucia cuenta su propia historia, mezclando en las distintas identidades a su familia, hijos, maridos y amantes.
 
Lucia Berlin remece, y no sólo por la brutal honestidad de su narración, sino porque es traer una voz adelantada a su época, aunque inmersa en su realidad; una que no conocía los acuerdos sociales que se han ido construyendo en la comunidad como símbolo de respeto a las minorías. Hoy, simplemente no se usa referirse al prójimo de la manera en que ella lo hace. Y al leer uno siente una vocecilla interior que ríe de nervios.
 

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